Las izquierdas latinoamericanas:
Observaciones a una trayectoria

Nils Castro

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En la evolución de las izquierdas latinoamericanas, los sucesivos aportes llegados de ultramar han interactuado, en diversas formas y sentidos, con los esfuerzos locales por explicar nuestra propia realidad y procurarle alternativas.

Sin embargo, ni esos legados ni estos esfuerzos han sido homogéneos ni pasivos. Aparte de las grandes contribuciones recibidas —como las ideas de la Ilustración, de la república liberal o el socialismo—, igualmente han llegado pautas que reflejan controversias y endosan actitudes ajenas a nuestras circunstancias. Así, unas veces la síntesis de la experiencia foránea con las interrogantes locales ha sido provechosa y otras equívoca y hasta perjudicial, y  no pocas veces la sagacidad nativa ha debido remplazar al talento importado.

Al cabo vale preguntarse ¿cuáles de los temas discutidos y de los instrumentos en que nos hemos apoyado merecían la atención dispensada, y cuándo influyeron acertada o desacertadamente en la organización de nuestras prácticas? ¿Y cómo ello incide sobre la actual decantación de las perspectivas latinoamericanas de izquierda?

Tempranas advertencias y viejas disyuntivas

El tema dista de ser nuevo. Ya en Nuestra América —un breve y enjundioso ensayo de 1891— José Martí afirmaba que “con los oprimidos [hay] que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”, apuntando que para cumplir ese objetivo es preciso “conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento”, puesto que ese es el “único modo de librarlo de tiranías”. Pero, advierte, para eso “la universidad europea ha de ceder a la universidad americana”, pues “los estadistas naturales surgen del estudio directo de la naturaleza” y no de copiar postulados foráneos.

En consecuencia, concluye Martí, nuestra historia “de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia”, puesto que la reflexión latinoamericana debe reemplazar al conocimiento exótico, así que “injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”.

Martí impulsó el pensamiento latinoamericano contemporáneo al poner lo mejor del liberalismo democrático‑radical de su tiempo a resolver las demandas del siglo XX. Para hacer causa “con los oprimidos” postuló la necesidad de organizar un partido político encaminado a alcanzar  no una sino dos emancipaciones: ante el régimen colonial español y la previsible hegemonía norteamericana, y ante las injusticias del orden social existente en las respectivas repúblicas americanas. Por eso  no le bastó crear un partido independentista sino que fundó el Partido Revolucionario Cubano, orientado a establecer “el sistema opuesto” al interés de los colonialistas y de los opresores locales.

Las disyuntivas entre hacer la guerra de independencia y hacer la revolución social venían de antiguo. Habían significado una importante diferencia, por ejemplo, entre los dos mayores protagonistas de la insurgencia mexicana: el cura independista Miguel Hidalgo y el cura revolucionario José María Morelos. Convocar a los criollos ricos en apoyo a la independencia implicaba respetarles el orden social establecido por la administración colonial. Convocar a las masas para integrar al ejército liberador requería asumir sus aspiraciones de emancipación social. Simón Bolívar también conoció ese dilema.

A estos dos ejes —independencia nacional y liberación social— enseguida se le agregaría un tercero, para acompañarnos hasta el día de hoy: el de la cuestión democrática: ¿de qué tanto de concentración o descentralización de la autoridad y el poder, de persuasión o de fuerza, de pluralidad del debate o de autoridad decisoria se debe disponer —y por cuánto tiempo— para garantizar que los cambios se hagan realidad sin que sus adversarios los puedan revertir?

Con las ideas, llegaron los temas

A mediados del siglo XIX, en el liberalismo latinoamericano rivalizaban dos corrientes: un ala demócrata‑radical ilustrada, luego seducida por el positivismo, y el ala popular, portavoz de aquel anhelo social. En algunos paísescomo Colombia y Honduras— esa disyuntiva siguió viva entre los liberales del siglo XX, atrapados entre promesas de reformas cada día más tímidas, y prácticas clientelistas cada vez más dominantes. Mas esto  no sólo causó decepciones, sino también intercambio de ideas y personas a lo largo del prolongado empalme del liberalismo popular con las propuestas socialistas que seguirían viniendo.

Las ideas socialistas arribaron a América Latina desde mediados del siglo XIX. Las trajeron inmigrantes con experiencia política, así como una intelectualidad criolla que difundía las ideas y acontecimientos de Europa, tales como los de la Comuna de París. Naturalmente, al inicio primó la difusión de esas ideas, y sólo más tarde comenzaron los primeros intentos de aplicarlas a nuestras realidades.[1]

Los grupos de inmigrados crearon organizaciones y periódicos socialistas y anarquistas que se ocupaban de las disputas políticas de sus países de origen. Las agrupaciones latinoamericanas reflejaban las divergencias entre las distintas corrientes del socialismo y sus controversias con los anarquistas, y después asimismo las confrontaciones entre la II y la III internacionales. Ello ayudó a esclarecer ideas y reflejó la vocación internacionalista de las izquierdas. Pero la materia de muchas de esas polémicas  no eran los respectivos problemas nacionales, sino disputas distantes de la situación real que nuestros pueblos vivían.

Junto con las buenas ideas, arribaron temas y disputas ajenos, con supuesta validez para nuestra América. No pocas veces eso dificultó reconocer realidades, dispersó fuerzas, obstaculizó acordar alianzas y contribuyó a enfrentar entre sí a los integrantes de las izquierdas latinoamericanas. Ante la preeminencia ideológica de las internacionales europeas, por ejemplo, el cubano Julio Antonio Mella alertó sobre la necesidad de basarse en las particularidades latinoamericanas, y abordar con criterio propio lo que tocaba hacer en nuestros países. Pero aún así la conducta de Mella se adecuó a las orientaciones de la III Internacional y su pronta muerte  no permitió verlo resolver el dilema.

No obstante, en los primeros 30 años del siglo  no faltaron acontecimientos y temas propios que requerían examinarse con nuevos instrumentos. Al Sur, Uruguay tuvo las reformas de José Batlle; Chile vivió notables progresos de organización sindical y política, y la experiencia de su primer Frente Popular; Argentina, el estallido de Córdoba y una reforma que se propagó a gran parte de las universidades de América Latina. Las realizaciones prácticas se adelantaban a las de una concepción capaz de orientarlas.

Al Norte, el hecho cimero fue la Revolución mexicana y el largo proceso de decantación de sus opciones, sobre todo de 1913 hasta el final de los años 30. Sin embargo, en esa época la influencia mexicana en el pensamiento político latinoamericano más derivó de los afanes de sus líderes populares y de las acciones de los gobiernos revolucionarios —en particular el de Lázaro Cárdenas— que del discurso de sus ideólogos. La excepción fue La raza cósmica de José Vasconcelos, cuya visión global de los problemas latinoamericanos influyó sobre las concepciones nacional‑revolucionarias en muchos países del Continente.

Una instancia foránea

Por otro lado, en Europa había estallado el proceso que más estimuló la conciencia política de la época: la Revolución rusa y los desarrollos y definiciones que ella desató desde 1917 hasta cuando el estalinismo diezmó al liderazgo originario de la Revolución. Modelo y fuente de inspiración, en América Latina la hazaña bolchevique estimuló el nacimiento de nuevos partidos de izquierda y la conversión de organizaciones socialistas en comunistas, profundizó la diferenciación entre ambas vertientes e incrementó su activismo, dejando en el pasado a las antiguas influencias anarquistas.

Lo que comenzaba en Rusia y parecía próximo a contagiar a Alemania y buena parte de Europa del Este, dio origen a la III Internacional y precipitó la crisis de la II. Además de los debates sobre las nuevas tareas revolucionarias, también se discutieron las alternativas de los países coloniales, semicoloniales o atrasados. Por corto tiempo, el tema incluyó la posibilidad de impulsar en esos países la opción nacional‑revolucionaria, de carácter pluriclasista, que en América Latina ya tenía el referente mexicano.

Pero lo que al inicio se pensó como un ámbito donde intercambiar ideas, experiencias y solidaridades entre los revolucionarios del mundo, pronto tomó otro curso. En parte a solicitud de algunos partidos miembros, la Internacional pasó de orientar a tutelar las posiciones políticas de sus integrantes, y a fijar los términos de su diferenciación frente a las demás vertientes de la izquierda. En los años 20 esto se concretó en la consigna de privilegiar la lucha de “clase contra clase”, rechazándose la cooperación con las organizaciones que  no adoptaran el papel de destacamento de la vanguardia obrera y el objetivo de instaurar la dictadura del proletariado.

Sin que las izquierdas latinoamericanas hubieran sido parte relevante de esas decisiones, éstas tendrían larga incidencia sobre sus ulteriores desarrollos. Las definiciones adoptadas indujeron escisiones entre quienes pensaban que América Latina aún debía transitar procesos de maduración gradual o preferían acometer sin más demoras una inmediata transformación revolucionaria, entre quienes llamaban a luchar por una democratización más integral y quienes anteponían resolver las urgencias sociales aun al cos­to de prescindir de las reivindicaciones democráticas, y entre quienes creían en la opción de organizar grandes partidos populares o privilegiaban la creación de destacamentos de élite o vanguardia revolucionaria. Todo ello sin parar mientes en que en las circunstancias latinoamericanas esas opciones  no necesariamente debían excluirse entre sí o que el paso de unas a otras podía ser recurrente y fluido.

A la postre, la III Internacional constituyó una instancia calificadora que valoraba las conductas de sus miembros conforme a parámetros doctrinarios lejanos a las realidades de América Latina. Y, más tarde, subordinaría sus respectivas actividades a la prioridad de defender el interés de la asediada República soviética, aún en desmedro de los requerimientos y las oportunidades de los pueblos y partidos latinoamericanos.

En busca de protagonista

Algunos partidos socialistas, sin caracterizarse necesariamente como antisoviéticos, prefirieron conservar su independencia conceptual y organizativa, pese a que la desaparición de la II Internacional los dejó en cierto aislamiento. Aún así, en unos pocos casos, como el chileno, estos partidos lograron cierta fortaleza. Pero las más de las veces la bifurcación entre comunistas y socialistas mermó los éxitos de ambas opciones, como asimismo restringió la posibilidad de formular concepciones socialistas o socialdemócratas originales, pese a que la originalidad de las circunstancias americanas las reclamaba.

Entre las particularidades que exigían examinarse para explicar la realidad de muchos países latinoamericanos, sobresalían las relativas a la situación agraria y la cuestión indígena, así como la presencia de otros grupos humanos  no previstos en el legado teórico socialista sobre las clases sociales. Igualmente, las referidas a la heterogeneidad de las estructuras socioeconómicas coexistentes y superpuestas en esas naciones, agravada por la implantación de enclaves económicos extranjeros desarticulados de los demás componentes de cada país. Ello dificultaba identificar a los posibles protagonistas sociopolíticos de cualquier proyecto de transformación reformadora o revolucionaria de la situación.

La importancia social de la economía rural, la precariedad de la industria y del movimiento obrero, la endeble existencia de burguesías nacionales, así como el relevante activismo de la clase media y de sus expresiones estudiantiles y gremiales, causaban dudas sobre la posibilidad de que la realización de los cambios revolucionarios necesariamente correspondiera a la clase obrera y su vanguardia política. No obstante, así lo prescribía la simplificación ideológica que la Internacional adoptó como visión del mundo.

En Perú, esas cuestiones fueron tempranamente abordadas por el liberalismo radical, sin que el pensamiento marxista tuviera respuestas que brindar hasta que José Carlos Mariátegui asumió el tema. El más poderoso creador de pensamiento político en la América Latina de su tiempo, Mariátegui entre otras cosas rechazó el determinismo que en su época prevalecía, así como “la reducción del proceso histórico a una pura mecánica económica”, afirmando que la revolución sólo puede realizarse movilizando los sujetos humanos efectivamente capaces de cambiar el orden existente.

Por ello, señaló, es preciso que esos sujetos desarrollen “la conciencia previa de su interés de clase”, un proceso cultural que para los revolucionarios implica dos aspectos diferentes: el marxismo como método de interpretación histórica de la sociedad, y la mística que es propia de la misión de luchar por la regeneración  no sólo de la clase oprimida sino de toda la sociedad. Pero en la realidad peruana, ¿dónde encontrar dichos sujetos?

Las llamadas “condiciones objetivas” de la revolución socialista  no estaban presentes: la economía capitalista  no se había desarrollado con amplitud, faltaba una burguesía capitalistapatrona de la economía nacional”, y se carecía de una clase obrera con suficiente presencia socioeconómica y cultural. En el marco presidido por la sociedad tradicional y los enclaves de capitalismo colonialista, no había una nación integrada, sino una superposición de fracciones socioeconómicas, agregadas a lo largo de una secuencia histórica distinta de aquella que los teóricos europeos habían descrito.

El país estaba dividido por fronteras interiores, históricas, geográficas, económicas, étnicas y culturales. En particular, se desarticulaba en tres zonas económicas: la costa, con cierto desarrollo agrícola e industrial, la andina, que conservaba impronta feudal y, entremezclado con ellas, el colectivismo indígena. A lo que se agregaba la selva amazónica, que existía al margen de la civilización. Pero cada componente de esa superposición se había sumado sin eliminar los sistemas preexistentes, así que bajo todo ese andamiaje perduraban las extendidas raíces del colectivismo indígena precolonial. Por lo tanto, dedujo, el protagonista de la revolución podía ser el pueblo indígena.

Tal como había sostenido el liberal Manuel González Prada —de quien tanto Mariátegui como Víctor Raúl Haya de la Torre fueron discípulos—, la cuestión indígena  no era cultural o filantrópica, sino la cuestión económica y agraria del reparto de la tierra. A lo que Mariátegui añadió la conclusión de que para crear otra realidad mejor “sus realizadores deben ser los propios indios”.

El tema involucraba más que el solo problema indígena, pues igualmente aludía a la identidad y el papel sociopolítico de los demás grupos sociales americanos que tampoco figuraban en el inventario europeo. Sin embargo, la precaria salud de José Carlos Mariátegui  no le dejó tiempo para llevar su tesis a la práctica en el partido comunista que él fundo para ello. Esa tesis, empero, todavía tiñe el debate ideológico de la región andina, aunque en vida de su autor la III Internacional la desechó.[2]

Un capitalismo socialista

El principal contrincante teórico de Mariátegui fue su ex compañero Víctor Raúl Haya de la Torre. Luego de destacarse en el movimiento estudiantil y las universidades populares, fue exiliado y temporalmente radicó en México, de cuyas experiencias fue testigo y donde fundó la Alianza Popular Revolucionaria Americana (apra)[3]. Si bien  no logró el propósito de crear una organización política continental, sí le dio a Perú un partido de nuevo tipo, de carácter popular.

Haya de la Torre perseveró en hacer del Partido Aprista Peruano una organización disciplinada, pero concebida como una alianza de trabajadores urbanos, campesinos, clase media e intelectuales, así como de elementos de la burguesía nacional, y destinada a luchar contra la aristocracia terrateniente, el capital extranjero y el imperialismo. Su concepto de quiénes deberían integrar el partido disentía del modelo prohijado por la III Internacional y adoptado por Mariátegui, pero en lo que toca a su estructura organizativa, Haya escogió el sistema de dirección y el tejido celular característicos del modelo bolchevique, apropiados para actuar en clandestinidad.

De primer intento, Haya planteó su propuesta como una revisión del marxismo esquemático, señalando que  no cabía “inventarle” un ambiente europeo a la realidad americana, sino “descubrir” las verdades de esta realidad en sus propios espacio y tiempo históricos. Por ejemplo, acerca del imperialismo, que para los países que habían transitado todas las etapas del desarrollo histórico figuraba como la última fase del capitalismo cuando, en su lugar, para las naciones más atrasadas el capitalismo había llegado por primera vez bajo la forma imperialista, por lo cual ésta había sido su primer modo de implantación.

Mientras Mariátegui se centró en los agentes internos del atraso y la dependencia peruanos, Haya de la Torre observó sus factores externos. Ambos coincidieron en lo que toca a la heterogénea composición socioeconómica del país —la superposición de realidades propias correspondientes a distintas etapas del desarrollo europeo—. A lo cual Haya agregó que ante la penetración del imperialismo algunos de esos componentes superpuestos ejercen papeles cómplices, como los feudos tradicionalistas que funcionan al servicio de imperialismo a la vez que éste feudaliza el ámbito social de las inversiones capitalistas.

Ante eso, Haya de la Torre propuso impulsar un capitalismo nacionalista, autónomo y con proyección social, similar al que él había observado en México. Su enemigo principal era la oligarquía, que domina al Estado y subordina sus intereses a los extranjeros; en consecuencia, ese capitalismo debía acometer la nacionalización progresiva de la riqueza, arrebatándola al imperialismo para entregarla a quienes la trabajen en provecho del bien colectivo, a través de corporaciones de fomento. Como etapa previa al socialismo, ese nacionalismo capitalista respetaría la riqueza individual, ofreciendo ancho campo a la iniciativa privada que promoviera la desfeudalización y el progreso de los pueblos indoamericanos.

Desde el primer momento el aprismo fue blanco de un decidido rechazo de los partidos de la III Internacional. Pese a coincidirdurante los primeros lustros— en la prédica antioligárquica y antimperialista, y enfrentar las mismas dictaduras de derecha, prevaleció la consigna de “clase contra clase” y la disyuntiva  entre la vía revolucionaria o las reformas gradualistas, descartándose toda posibilidad de cooperación frente a unas realidades que ambas partes igualmente consideraban inaceptables. Lo que, por supuesto, en nada contribuyó a mejorar la suerte, la organización ni la educación política de los trabajadores ni de los indígenas peruanos, como tampoco la de los demás latinoamericanos.

La propuesta aprista fue más capaz de captar la cultura política de gran parte de la sociedad peruana. Aunque por años Haya de la Torre dirigió su partido desde el exterior, cuando en 1931 pudo volver a Perú enseguida fue electo presidente de la República, aunque la derecha inmediatamente lo derrocó y el aprismo fue proscrito. En su larga clandestinidad, el aprismo siguió reivindicando la democracia parlamentaria, y rechazó tomar las armas o aceptar cualquier tipo de dictadura, incluida la proletaria.

Cuando ante la creciente amenaza fascista en Europa, en 1935 la Internacional decidió promover la política de articular Frentes Populares con las demás izquierdas, era demasiado tarde. Haya de la Torre replicó que los apristas ya constituían un frente en el que los trabajadores, campesinos, estudiantes e intelectuales participaban por igual, sin requerir la dirigencia proletaria que se les proponía.

Con los años, Haya y su partido fueron distanciándose de su posición antimperialista y socializante, y adoptaron una política crecientemente conciliadora con la oligarquía peruana y los gobiernos de Washington. Muchas de las críticas que en los años 20 y 30 eran excesivas, en los 50 se hicieron completamente justificadas. Pero, medio siglo más tarde cabe preguntarse si ese deterioro fue totalmente endógeno, o si al mismo también contribuyó la hostilidad permanente que el movimiento comunista y la izquierda radical le sostuvieron a escala mundial.

Del antifascismo al extremismo

Durante el gobierno de Lázaro Cárdenas en México hubo algunas políticas socializantes, se impulsó la reforma agraria y se estimuló la sindicalización. Vicente Lombardo Toledano organizó la Confederación de Trabajadores de México (ctm) y la Confederación de Trabajadores de América Latina que por unos años tuvo influencia regional. Con todo, a Lombardo se le criticó que su política se orientaba a respaldar un desarrollo capitalista autónomo, que él conceptuaba como condición previa para pasar al socialismo.

Pero enseguida de concluir el mandato de Cárdenas empezó el reflujo. Sintomáticamente, su Partido Nacional Revolucionario (pnr) pasó a denominarse Revolucionario Institucional (pri) y  no mucho después Lombardo Toledano perdió el control de la ctm. Más tarde fundó el Partido Popular, concebido como una organización de masas con ideología marxista y objetivos socialistas, pero con una vocación democrático‑electoral diferente al modelo leninista de partido de vanguardia. No obstante, antepuso la política de defender lo que quedaba de la anterior orientación del país, y su escasa independencia crítica frente a los gobiernos postcardenistas le redujo el crecimiento esperado.[4]

El gobierno de Cárdenas sostuvo una política decidida de solidaridad con la República española, gesta que movilizó a las izquierdas latinoamericanas y fortaleció la política antifascista de crear alianzas pluriclasistas. Terminada la Guerra Civil, México dio refugio a millares de familias republicanas, incluyendo una importante proporción de la intelectualidad antifranquista.[5]

Cárdenas asimismo dio refugio a León Trotsky, quien en México fundó la IV Internacional. Formalmente, las divergencias de concepción estratégica que dieron argumentos para explicar su expulsión interesaban al movimiento comunista mundial. Y, sobre todo, a los partidos a cuyas naciones la revolución se extendería de decidirse  no limitarla a un solo país, y a los partidos de las naciones que serían más afectadas por la “revolución permanente”, si es que esas dos propuestas de Trotsky hubieran prevalecido en Moscú.

Sin embargo, la cuestión medular  no habían sido las divergencias teóricas planteadas por Trotsky, sino la lucha por el control del poder y su consiguiente denuncia de la excesiva autoridad acumulada por José Stalin. En realidad, el grueso de la argumentación que a la larga ambas partes llegaron a desplegar se escribió después de la expulsión de Trotsky y de la persecución a sus simpatizantes. Sin demérito de su valor teórico, esa polémica  no fue el motivo básico de la ruptura, sino la forma en que las partes a la postre legitimaron sus respectivas posiciones. De haberse tratado sólo de un conflicto ideológico, quizás no hubiera alcanzado tales extremos represivos, de tan enormes costos políticos.

Así, al menos en los primeros tiempos, la controversia entre los comunistas y trotskistas latinoamericanos —en las diversas formas que ella tomaría—, una vez más fue un reflejo local de conflictos de ultramar. Una confrontación que  no atañía a los temas latinoamericanos, pero que vino a fraccionar a las izquierdas nativas por razones ajenas al interés de sus pueblos.

Luego, posteriores eventos le fueron agregando otras leñas a la divergencia inicial, pues con el tiempo a las discrepancias y resentimientos se les añaden estilos y culturas políticas que se realimentan a sí mismos. La paradoja está en que algunos viejos reflejos todavía subsisten cuando sus motivos originarios hace mucho dejaron de existir —así fueran ellos la revolución permanente o la puja por el poder—, e incluso cuando la bandera roja ya ni siquiera ondea en el Kremlin.

Esto  no niega que la controversia tuvo distintas consecuencias intelectuales de interés. Añadió ocasiones de rediscutir la naturaleza y las alternativas del socialismo y de sus relaciones con las demás corrientes. Generó ámbitos adicionales de pluralidad reflexiva, entre quienes evitaron alinearse con la III o con la IV internacionales —se incrementó la pluralidad ideológica del socialismo— e incluso entre algunos de los partidos leales al liderazgo soviético.

Al cabo, eso fortaleció el campo del marxismo y el socialismo independientes y el del marxismo académico, que pasaría a tener creciente influencia en las ciencias sociales, propiciando nuevos desarrollos y aplicaciones del pensamiento de izquierda  no subordinadas a las prioridades del interés y el control estatal o partidista. Por otro lado, aunque con el tiempo las filas de la corriente trotskista  mermaron, ésta se instaló a la izquierda del espectro, adjudicándose una función de vigilante crítica de las demás tendencias y conductas de izquierda, incluso con olvido de la crítica a las derechas. Pero, como el tábano que pica aun cuando le faltan motivos, estimuló al toro a seguir moviéndose.

De la guerra caliente a la fría

Ante la Gran Depresión, el crecimiento de la amenaza fascista y la II Guerra Mundial, la estrategia de aliar las fuerzas democráticas suavizó antagonismos. Quienes debían contribuir a la derrota del enemigo principal se concedieron una tregua, desde el gobierno de Franklin D. Roosvelt hasta las izquierdas latinoamericanas. La política del Buen Vecino no sólo suavizó relaciones, sino que al cabo facilitó el abandono del discurso antimperialista y socializante de algunos veteranos partidos reformistas, como el apra y la venezolana Acción Democrática, que se acogieron a la excusa de que era el imperialismo quien había cambiado.

Entre los albores de la II Guerra Mundial e inicios de los años 50, en Sudamérica surgieron dos grandes movimientos nacionalistas de origen militar, con respaldo popular u obrero y con participación de segmentos de la clase media y el empresariado, que alcanzaron importante proyección social: en Argentina el peronismo y en Bolivia el Movimiento Nacionalista Revolucionario (mnr). A su manera, en Brasil el obrerismo o trabalhismo encabezado por Getulio Vargas tuvo similitudes con esos movimientos, aunque con origen y liderazgo civil.

En los tres casos se trató de procesos y dirigencias sociopolíticas de perfil antioligárquico, populista, corporativo y estatizante, que usaron métodos autoritarios para introducir reformas institucionales y robustecer la soberanía nacional. Además, de procesos que ganaron la adhesión de la mayoría popular y obrera en detrimento de las izquierdas previamente establecidas, y que mantuvieron una heterogeneidad social y una ambigüedad político‑ideológica que le ocasionó dificultades y errores a dichas izquierdas para identificar su carácter y adoptar una adecuada posición ante los mismos, y ante la masa de sus simpatizantes.

Más allá de eso, dentro de cada uno de estos movimientos se formó una corriente de nacionalismo populista o izquierda nacional que asimiló retazos de la cultura socialista, aunque al margen de los partidos de esa filiación y de los partidos comunistas. En Brasil y Bolivia eso aún tiene huellas en la forma de partidos sucesores de aquellos movimientos, y en Argentina a través de la izquierda peronista.

Al cabo de la II Guerra Mundial, la victoria antifascista renovó el prestigio soviético, a lo que se sumó la aparición del llamado campo socialista y, enseguida, el surgimiento de la Revolución China. Stalin hizo suprimir formalmente la III Internacional y en Europa occidental se constituyó la Internacional Socialista, que con perfil socialdemócrata remplazó a la fenecida II Internacional.[6]

No obstante, tras un breve período de optimismo pacifista en el mundo se entronizó la Guerra Fría; en Estados Unidos el macartismo y en América Latina una generalizada persecución a los aliados de ayer. Bajo la obsesión anticomunista, Washington prohijó a viejos y nuevos dictadores, particularmente en los países de la Cuenca del Caribe. Durante el subsiguiente período, en esa región descollaron las luchas para recuperar la democracia representativa.

En América Latina, la Guerra Fría impuso un forzoso alineamiento de todos o casi todos los gobiernos y movimientos políticos con una u otra de las superpotencias y su campo de influencia, casi siempre el de Estados Unidos. Los contados esfuerzos temporales de neutralidad y de adhesión al Movimiento de los Países No Alineados expresaron una aspiración simbólica más que una ejecutoria real. Lejos de la relativa efectividad que el neutralismo alcanzó en el ámbito afroasiático, en el ambiente de la Guerra Fría cada proceso o régimen político latinoamericano muy pronto fue calificado y tratado según su supuesta o efectiva adscripción a uno u otro de esos dos campos de influencia.

Aún así, pese a la atmósfera anticomunista dominante, repetidas veces los esfuerzos por recuperar la democracia formal dieron lugar a coincidencias y cooperaciones temporales entre las izquierdas y algunos segmentos de los partidos reformistas y liberales. Además, promovió una cultura política de defensa de la democracia frente a cualquier autoritarismo, pese a las deficiencias que esa democracia pudiera tener. Aunque las izquierdas de la época  no atinaron a hacer la Revolución que proponían, el mérito de sus luchas por defender o recuperar la democracia es indiscutible. La caída de cada uno de aquellos dictadores se propició a través del clima de movilización social articulado principalmente por las izquierdas, aunque ellas  no fueran las beneficiarias de su éxito.

Las revoluciones de los 50

Al Sur, en la primera parte de los años 50 la experiencia más sobresaliente fue la Revolución boliviana, por las transformaciones que logró y también por sus consecuencias teóricas. Significativamente, comunistas y trotskistas coincidían en calificar al Movimiento Nacionalista Revolucionario (mnr) de fascista[7] y en desconocerlo como una opción de izquierda, por lo que al cabo ambos vieron a la Revolución pasar sin influir en su curso. Esto a su vez contribuyó a empantanarla y a que el proceso luego retrocediera, enseguida de que el propio mnr sintió que había desatado algo que desbordaba las intenciones de sus iniciadores, y procuró refrenarlo.

Agregándose tardíamente a un proceso que había ocurrido sin ellos, comunistas y trotskistas apoyaron el golpe del general René Barrientos, quien en lugar de reanudar el proceso poco después reprimiría a los mineros y estudiantes revolucionarios. Tales desencuentros entre el proyecto nacional, el proyecto social  y el proyecto democrático acabarían incrementando las inestabilidades propias de una revolución inconclusa. Aún así, derrotada la oligarquía, nacionalizadas las minas y hecha la reforma agraria, el país ya  no volvió a ser el mismo.

En el área mesoamericana, conviene recordar otras cuatro experiencias de ese entonces. Una, el dramático final del esfuerzo de Jorge Eliécer Gaitán, en Colombia, por reformar las causas estructurales del atraso y la violencia sociopolíticos desde las posiciones de un liberalismo popular de vocación socializante. Líder indiscutido del partido mayoritario, Gaitán fue asesinado poco antes de las elecciones, lo que desató una enorme y desordenada sublevación popular. Cerradas las puertas a toda expectativa reformadora, ello derivó en un movimiento guerrillero que, pasando por distintas formas, liderazgos y proyectos, 55 años después aún prosigue.

Otra, el derrocamiento del gobierno democrático del coronel Jacobo Árbenz, en Guatemala, por medio de una invasión mercenaria que el gobierno de Estados Unidos auspició sin disimulos. No obstante, la Revolución guatemalteca apenas se había propuesto una prudente política de apertura democrática y de discreta independencia diplomática, así como una moderada reforma agraria que, sin embargo, podía afectar intereses de una poderosa empresa bananera norteamericana. La sospecha de que tales pasos, más el apoyo que los comunistas guatemaltecos les declararon, pudieran orientarse hacia un alineamiento antiestadunidense, bastaron para disparar ese desenlace. La frustración provocada dio lugar a sucesivos movimientos guerrilleros y a una abrumadora y persistente estrategia represiva. Aunque la guerrilla cesó, la violencia extrajudicial de derecha continúa y el país vio frustrarse su mejor oportunidad de modernización.

Asimismo, la cautelosa Revolución costarricense liderizada por José Figueres, que impulsó significativas reformas socialmente progresistas pero evitó entrar en colisión con la política norteamericana de la Guerra Fría. En un país pequeño y de escaso interés estratégico para Estados Unidos, la combinación de un desarrollo socialdemócrata con una política exterior ajustada a las preferencias de Washington le permitió al proceso desenvolverse sin mayor ruido pero con relativa tranquilidad.

Y finalmente, en Venezuela, tras rebeliones en dos cuarteles, la articulación de un amplia protesta civil derrocó la dictadura de Pérez Jiménez. Su éxito fue posible combinando recursos de los partidos tradicionales y del movimiento popular inspirado, principalmente, por el Partido Comunista de aquella época. Pero, acto seguido, los partidos socialdemócrata y socialcristiano, junto con los partidos tradicionales, suscribieron del pacto de Punto Fijo, por cuyo medio institucionalizaron una democracia cupular que excluyó a las izquierdas y eludió realizar los cambios estructurales de mayor significación. Estas limitaciones y la necesidad de reformar el sistema político para darle mayor apertura participativa, marcarían le evolución política venezolana hasta el final del siglo.

Las divergentes consecuencias de las revoluciones guatemalteca y costarricense permiten una observación adicional: en la atmósfera de la Guerra Fría, allí donde el acontecimiento pareció amenazar a una influyente transnacional norteamericana, la calificación ideológica y la represalia contrarrevolucionaria fueron muy duros. Pero donde  no había intereses estadunidenses bajo real o presunta amenaza, se dispensó una considerable tolerancia, aunque las reformas emprendidas fueron más radicales. Haciendo abstracción de sus respectivas características etnoculturales, a la postre Costa Rica pudo ser el país centroamericano con mejor evolución social y política, y Guatemala el más atrasado y opresivo.

Telón de fondo, en el XX Congreso del pcus la Unión Soviética hizo la denuncia pública de los errores y atrocidades del régimen estalinista y anunció un proceso de reformas, que luego infortunadamente se estancó, pese a que en esa época el país alcanzaba sus mejores tasas de crecimiento. Ese deshielo inició una dramática ruptura de la concertación política con la China de Mao Zedong y tuvo efectos latinoamericanos cruzados: unos militantes lo asimilaron y siguieron adelante, otros se trasladaron a organizaciones socialistas desvinculadas de la urss, y algunos desistieron[8]. Sin embargo, en la generación más joven la urss iba a recuperar simpatías gracias a gestos como la defensa de la nacionalización del canal de Suez —y más tarde el respaldo a Cuba—, que todavía la mostraron como un poder capaz de contener la hegemonía estadunidense y solidarizarse con las causas del Tercer Mundo.

La crítica a las políticas del estalinismo abrió las puertas a la revisión de sus secuelas ideológicas, lo que en el período subsiguiente estimuló el marxismo académico y antidogmático, y la renovación de la sociología, la investigación histórica y la filosofía afines al marxismo, con notable participación de autores latinoamericanos. En especial, en los temas relativos a la obra del joven Marx, el humanismo marxista, las particularidades latinoamericanas y de su periodización histórica, así como la teoría de la dependencia.[9]

La Revolución cubana

Sin duda, por largo tiempo el estímulo que más contribuyó a impulsar nuevos desarrollos de la investigación y la creación en el pensamiento de las izquierdas latinoamericanas fue la Revolución cubana.

Al final de los años 50, durante el ciclo de las luchas contra las dictaduras implantadas en el área de la Cuenca del Caribe, el siguiente tirano en caer fue Fulgencio Batista, derrotado por una combinación de resistencia popular urbana y guerrilla rural. Al respecto, es preciso puntualizar ciertas características de ese acontecimiento, pues durante el siguiente decenio determinadas malinterpretaciones dieron base a teorías equívocas, que contribuyeron a tergiversar sus proyecciones latinoamericanas.

  1. En primer lugar, a Batista lo derribó una rebelión de amplia base ciudadana, surgida de una resistencia urbana de inspiración cívica, asentada especialmente en la clase media. La generación que en los años 50 se iniciaba en la política tenía abuelos que narraban la zaga de la insurgencia mambisa[10] y padres que recordaban su resistencia contra la dictadura de Gerardo Machado, un general mambí renegado. La historia aún estaba viva y venía en la voz de José Martí, cuyos poemas eran familiares a cada estudiante.

  2. Una de las primeras formas de la rebelión fue el Movimiento, nombre informal de varios grupos espontáneos, sin conexión mutua, donde los jóvenes antibatistianos discutían la situación e ideaban formas de resistencia. De esos grupos, el dotado de más fuerte liderazgo y visión fue sin duda el que un 26 de julio, al mando de Fidel Castro hace 50 años asaltó el cuartel Moncada. Esto le dio referente, nombre y líder comunes a todos esos grupos, y poco después también les proporcionó un ideario, contenido en La historia me absolverá, el discurso con que Fidel sustentó ante el tribunal las razones éticas, históricas y sociales de la acción realizada.

  3. Como el Programa del Moncada, ese discurso ofreció una propuesta de amplia aceptabilidad social. Para caracterizarlo ahora habría que llamarlo socialdemócrata o progresista; sus páginas  no sugieren intenciones socialistas. De otro modo, no hubiera convocado la adhesión que enseguida concitó, en uno de los países más codiciados, vigilados y penetrados por los intereses norteamericanos, donde los prejuicios anticomunistas habían sido intensamente sembrados.
    Lo
    que en otras palabras significa que desde el primer momento Fidel aplicó una de sus máximas fundamentales, aunque  no siempre una de las más citadas: ser revolucionario es hacer en cada momento lo más revolucionario que en ese momento se pueda hacer.

  4. Cuando Fidel salió al exilio la resistencia urbana prosiguió. Además, lo hizo con mayor coherencia y efectividad a escala nacional, pues ya tenía nombre, líder, programa y método de acción: los cubanos leales al legado martiano y a la gesta de los años 30 volvían a la lucha armada. Cuando los expedicionarios del Granma desembarcaron en Cuba el Movimiento tenía articulación nacional, se había tomado a tiros la ciudad de Santiago de Cuba y los estaba esperando.

  5. Cierto es que en los primero días esos expedicionarios fueron diezmados y sólo un frágil puñado logró reagruparse en la Sierra Maestra. Sin embargo a los pocos días una columna de 50 jóvenes, con sus armas, subió a reforzarlos. En los siguientes dos años, el Llano sostuvo a la Sierra, pese a que los combatientes urbanos eran más vulnerables que quienes estaban en la montaña. Sólo en los últimos 10 meses la guerrilla se hizo autosostenible y nunca contó con más de mil quinientos efectivos. Cuando sus columnas entraron a Santiago y La Habana, éstas ya se habían sublevado.

  6. El método de lucha adoptado  no había sido previsto ni compartido por los comunistas. Pero eso  no significa que Fidel y el pequeño círculo de sus más íntimos actuaban a ciegas. Fidel conocía a Lenin y en algún momento le recomendó su lectura a Abel Santamaría; después reclutó al Ché Guevara, quien tenía cierto conocimiento del marxismo. Una fresca y original interpretación marxista de las posibilidades cubanas ayudó a concebir aquella estrategia de lucha, pero no se habló del asunto más que lo indispensable. Por ejemplo, Vilma Espín, heroína que fue una de las primeras dirigentes nacionales del Movimiento, no escuchó hablar de marxismo hasta después de haberse ganado la guerra.[11]

  7. El primer Programa del Movimiento 26 de Julio, redactado entre otros por José Pazos y Regino Boti durante el primer año de la Revolución, adaptó a aquel momento de la realidad cubana la estrategia de desarrollo propuesta por la cepal bajo el liderazgo de Raúl Prebisch. De hecho, las primeras iniciativas de la Revolución cubana coincidieron con lo que ese organismo regional a la sazón recomendaba.
    Las
    grandes nacionalizaciones y reformas emprendidas en los dos primeros años se adoptaron con base en su propia lógica y en la fuerza de la aceptación social que el momento propiciaba. Sólo después de la victoria de Playa Girón ellas serían explicadas en términos socialistas.

  8. Terminada la guerra contra Batista, todavía en algunos partidos comunistas latinoamericanos se calificaba a los integrantes del Movimiento 26 de Julio como “aventureros pequeño burgueses”. En 1960, Blas Rocauno de los dirigentes comunistas cubanos más prominentes— dictaminó que lo que estaba sucediendo en Cuba correspondía a “lo que se ha definido como una revolución democrático burguesa en los países coloniales, semicoloniales o dependientes, o sea, una revolución agraria y antiimperialista”.[12]

Con menos perspicacia, a inicios de 1961 un folleto mimeografiado por la célula trotskista de los trabajadores ferroviarios cubanos todavía denunciaba a Ernesto Ché Guevara como un aventurero pequeño burgués opuesto a que la Revolución tomara rumbo socialista.

Las simpatías suscitadas por la Revolución cubana enseguida despertaron un enorme caudal de simpatías y solidaridades, que atrajeron a millones de latinoamericanos —como a millones de cubanos— hacia una original y palpable izquierda “fidelista” que  no requería excesivas precisiones doctrinales. Muchos latinoamericanos desearon un futuro similar para sus países, sin que esto necesariamente significara estar dispuestos a alzarse en armas, aunque  no pocos jóvenes sintieron tentaciones guerrilleras. Como, también, algunos cubanos se sintieron intuitivamente atraídos por la idea de proseguir la gesta en cualquier país hermano. Las Cien preguntas a un guerrillero, de Armando Bayo[13], así como los Pasajes de la guerra revolucionaria, de Ernesto Che Guevara, fueron copiosamente reeditados.

A la izquierda de la verdad

El hecho de que una cálida revolución socialista latinoamericana surgiera al margen de los cánones preestablecidos abrió un parteaguas entre una parte de la izquierda tradicional y las nuevas izquierdas atraídas o promovidas por esa revolución. Pero más allá del sano debate, al poco tiempo algunas tergiversaciones elaboradas a la izquierda de la verdad se tomaron el escenario.

Lo cierto es que la experiencia cubana nunca probó que un pequeño foco guerrillero pueda atraer a un pueblo a la guerra revolucionaria; en Cuba la rebelión empezó antes que la guerrilla y el Llano sostuvo largamente a la Sierra. Tampoco demostró que fuera posible convocar a las masas, y ni siquiera al proletariado, a nombre de un proyecto socialista y antimperialista radical. En Cuba la gente se rebeló porque repudiaba los abusos de la tiranía y porque un joven dispuesto a dar la vidacomo Fidel lo demostró tanto en el Moncada como en el Granma y en Playa Girón— les ofreció un proyecto cívico, socialmente generoso y creíble den­tro de la cultura política de su país y su tiempo: lo más revolucionario que ese momento podía aceptar.[14]

¿Por qué la tenaz solidez del proyecto cubano? En primer lugar por ser insospechablemente endógeno. Ninguna internacional política, ni ninguna tradición ni asesoría foránea lo tuteló. Además, porque a la reivindicación democrática y de equidad social anunciada en el Programa del Moncada se le sumó un fogoso carácter patriótico. Sus motivaciones populares desahogaron los viejos agravios íntimos que databan de la intervención norteamericana del 98, la frustración del proyecto martiano y la tutela imperial, así como la corrupción de la democracia y las dictaduras de esa forma inducidas. Que este sentimiento pudiera conceptuarse como antimperialismo es algo que la mayoría de los cubanos aprendió más tarde.

Lo que nos lleva a dar vuelta a la medalla y preguntarnos: ¿qué le sucedió a los siguientes intentos insurreccionales en América Latina? A mi juicio, esos proyectos  no siempre se basaron en un efectivo conocimiento de la realidad donde iban a operar, comparable al conocimiento que Fidel Castro tenía de la sociedad cubana de los años 50. En alguna medida, las ideologizaciones distorsionaron el examen de la realidad. Eso significa que dichos intentos  no siempre se correspondieron con las demandas y posibilidades de las sociedades nacionales a las cuales fueron propuestos, aunque sí se inscribieran en los ideales de una vanguardia. Es decir, había desencuentros entre el “método de conocimiento” y la “utopía” movilizadora a los que aludía Mariátegui. O lo que es lo mismo, no siempre el voluntarismo revolucionario fue consecuente con la máxima de hacer en cada caso lo más que el momento permita.

El papel de un conocimiento efectivo se vio desbordado por determinadas concepciones y prejuicios polémicos. Por ejemplo, la insondable discusión entre el criterio —que prevaleció en las dirigencias comunistas tradicionales— de que la Revolución cubana era una experiencia irrepetible, o el de que ella aportaba un modelo inmediatamente generalizable a los países latinoamericanos —enarbolado por la nueva izquierda radicalizada—. Incrementada esta última, poco después, por la adhesión de quienes secundaron las tesis maoístas, que reivindicaron para el Tercer Mundo la vía campesina y la guerra revolucionaria prolongada, del campo a la ciudad.

Aquí se superponen cosas distintas y hasta incompatibles. Por un lado, qué es lo que se cree posible hacer ante determinada realidad, con los recursos disponibles (sobre todo considerando que esa es una realidad social, dotada de componentes culturales que se figuran sus propias expectativas). Por otro, cómo las organizaciones y tendencias políticas que rivalizan entre sí generan argumentaciones y buscan aliadostanto en el país como en el exterior— no sólo para actuar sino para prevalecer unas sobre las otras, a veces incluso por medios violentos. Y también, cómo los aliados, necesidades y polémicas de ultramar influyen dentro del curso del debate y, en particular, sobre la toma e instrumentación de decisiones locales.

Por lo menos durante cierta etapa, la dirigencia soviética desaprobó la idea de promover la organización de guerrillas. En su óptica, eso introducía elementos de disturbio en el equilibrio del sistema mundial, que era su prioridad. Así pues, se argumentó contra esa opción, aunque alegando otras razones. A su vez, en su propia etapa, la dirigencia cubana —como a su turno la de la China maoísta— vieron en esa alternativa la posibilidad de desgastar al imperialismo fomentándole “muchos Vietnams”. Como asimismo, hubo quien vio la promoción de insurrecciones y guerrillas como una forma de defender al país sede de la Revolución, desplazando la zona de conflicto hacia países más remotos.

Es decir, la toma de decisiones  no siempre se fundamentó en las efectivas posibilidades locales y endógenas. Al asumirse la teoría pro guerrillera como una tesis de validez general, su aplicación naturalmente tuvo efectos distintos en las diferentes realidades nacionales. En Colombia, por ejemplo, las condiciones estaban en marcha desde antes de la Revolución cubana. En Nicaragua se logró derrotar a la dictadura, aunque  no darle autosostenibilidad y permanencia a la Revolución. En El Salvador, pese a la falta de consenso entre los grupos insurgentes, el terreno fue propicio y hasta constituyó una reanudación del movimiento revolucionario de 1932. En Bolivia como en Venezuela, las mejores intenciones y hombres  no bastaron para cambiar el estado de cosas existente, al menos  no por esos medios.

Aún faltan las fuentes y la distancia histórica suficientes para ahondar en el tema y sus consecuencias teóricas. Sin embargo, hay evidencia suficiente para volver sobre un punto de vista recurrente en estas páginas. El de que las teorías generales son necesarias —pese a que las tutelas globales ejercidas a su nombre sean indeseables—, pero que dichas teorías  no bastan para tomar decisiones nacionales.[15]

Cambios de método: el reformismo militar

Al final de los años 60 e inicios de los 70, la frustración de las revoluciones del 68, la intervención soviética contra la Primavera de Praga, el revés sufrido por la zafra azucarera cubana de 1970, y el inicio de los gobiernos de Velasco Alvarado y Salvador Allende fueron aportando elementos para reevaluar la visión de las alternativas  de las izquierdas latinoamericanas, por un lado, y las políticas del gobierno revolucionario cubano, por el otro.

El Estado cubano amplió y diversificó el caudal de sus vinculaciones con la urss y el llamado campo socialista, incrementándose la colaboración y la dependencia económica y técnica, y en consecuencia también el campo de sus coincidencias interpretativas. A la vez, en América Latina se avizoró la posibilidad de lograr cambios estructurales por la vía nacional‑revolucionaria, o por medio de una transición democrática y gradual orientada al socialismo. Esas novedades le restaron protagonismo a la estrategia de la guerra de guerrillas —marcada ya por la falta de éxitos visibles— y venían a brindar otras opciones.

Es significativo que los regímenes nacional‑revolucionarios encabezados por las fuerzas armadas surgieron precisamente en países donde antes se dieron brotes guerrilleros. En particular, el Perú de Juan Velasco Alvarado, el breve gobierno de Juan José Torres en Bolivia y el gobierno de Omar Torrijos en Panamá. Esos regímenes, al hacerse presentes a la par de la experiencia civil de Salvador Allende, abrieron otras tantas discusiones y nuevos parteaguas entre las izquierdas.

A diferencia de sus antiguos precedentes mexicano y aprista, el nacionalismo revolucionario militar partió de la premisa de que para resolver las causas sociales de las guerrillas y del apoyo social a las mismas, era indispensable llevar a cabo reformas estructurales en el ámbito socioeconómico. La joven oficialidad militar asumía esta misión sacando del poder a los tradicionales partidos oligárquicos, que usaban los instrumentos del Estado para perpetuar la vieja situación. Era, pues, una contrapropuesta a la doctrina de seguridad nacional, dotándola de base popular y contenido social progresista.

El esquema era factible en países donde la oficialidad del mayor componente de las fuerzas armadas —el ejército— procedía de la clase media baja y las capas populares, en las que conservaba raíces y afinidades, pero  no así donde la oficialidad provenía de la clase alta o había sido asimilada por la ella. El origen popular  no sólo le proporcionaba una óptica antioligárquica y nacionalista a esos mandos reformistas, sino también la posibilidad de concitarles apoyo social.

Una vez más, el programa aplicado fue básicamente el de las estrategias desarrollistas diseñadas por la cepal. Luego de echar a los políticos tradicionales de las posiciones de mando gubernamental, se nacionalizaron los medios de producción fundamentales y el sector productivo estratégico pasó al control del Estado. Se creó un área mixta y un área social de la economía, se acometió la reforma agraria, se incrementaron las inversiones en infraestructura para el desarrollo y se practicó una política exterior independiente y propensa al neutralismo activo.[16]

Una franja de las izquierdas, que esta vez incluyó a los partidos comunistas, apoyó a esos regímenes, los que por su parte cooptaron a  no pocos intelectuales de izquierda. No obstante, las decisiones políticas fundamentales permanecieron en manos militares, no siempre las más aptas y con frecuencia proclives a improvisar soluciones de facto. Esto alimentaría dos polos de resistencia civil: uno oligárquico, que reclamaba el retorno de la institucionalidad democrática tradicional (abierta o encubiertamente apoyado por los intereses estadunidenses y los grandes medios de comunicación privados), y otro representativo de la izquierda más radical que coincidía con el primero en denunciar la naturaleza autoritaria del régimen, así como su carácter presuntamente contrarrevolucionario y pro imperialista, aunque generalmente sin ofrecer alternativas más factibles ni atrayentes que una quimérica insurrección revolucionaria.

Al cabo, en Bolivia, en poco tiempo el gobierno del general Juan José Torres fue derribado por sus colegas más de derecha. En Ecuador, un intento similar pronto se degradó en una vulgar dictadura. El proceso peruano, más radical, duradero y completo, luego de la enfermedad de Juan Velasco Alvarado se vio finalmente revertido por medio de un relevo de mandos con base en el escalafón militar, en beneficio de oficiales más conservadores que devolvieron la autoridad política a los partidos tradicionales. Esto daría paso expedito a un par de decepcionantes gobiernos civiles que antecedieron la funesta emersión del terrorismo de Sendero Luminoso.

En Panamá, luego de que una creativa estrategia diplomática logró la firma de los nuevos tratados del Canal, Omar Torrijos previó que era oportuno iniciar lo que él llamó “el repliegue”: crear un partido popular del proceso nacional‑revolucionario, reabrir el juego democrático pluralista y continuar el proyecto por medios políticos civiles a través de la capacidad de movilización social y la fuerza electoral de dicho partido. Sin embargo, Torrijos falleció en un sospechoso accidente aéreo sin haber completado este propósito, y sus sucesores militares fueron renuentes a entregar las funciones políticas que retenían, lo que al cabo sería uno de los factores de la crisis que más tarde culminó en la violenta invasión estadunidense de la Navidad de 1989 y la consiguiente reposición de la política oligárquica en el gobierno del país.

En resumen, Bolivia, Perú y Panamá alcanzaron importantes transformaciones que, según el caso, fueron desde la nacionalización de la minería hasta la reforma agraria, y de la creación de un fuerte sector estatal de la economía a la eliminación del monopolio oligárquico de la vida política. Sin embargo, por su propia naturaleza el reformismo militar fue un reformismo autolimitado, carente de capacidad para generar un sistema políticoesto es, un sistema cuyo arraigo en la sociedad civil lo haga autosostenible— apto para garantizar la preservación y continuidad de sus logros. En consecuencia, poco más tarde muchos de sus resultados se degradaron o revirtieron a la situación anterior y, aunque la promoción social mejoró con el concurso de nuevas fuentes y protagonistas del desarrollo, a la postre la inequidad social y la pobreza volvieron a incrementarse.

En América Latina, donde ya existía una veterana cultura política de repudio al autoritarismo militar, este final renovó la convicción de que la lucha por los cambios y el progreso sociales  no justifica aceptar el empleo de esa alternativa como el instrumento idóneo para impulsarlos. Pasada esa experiencia, incluso los elementos de izquierda que habían apoyado al reformismo militar lo consideraron una experiencia excepcional y concluida, optando definitivamente por las alternativas políticas civiles.

Hermoso sueño, sangriento desenlace

Paralelamente, Chile vivió la hermosa pero trágica experiencia de la Unidad Popular. Una coalición de las izquierdas que incluyó a los socialistas, los comunistas, un ala del Partido Radical y a la izquierda cristiana, logró la elección presidencial de Salvador Allende. Se instaló un gobierno constitucional de inspiración socialista y democrática que, desde los primeros días, fue obstruido y hostilizado por la derecha económica y política, que retuvo e instrumentó el control del Congreso y de la Corte Suprema de Justicia.

Por un lado, el gobierno de Washington reaccionó en los términos de la Guerra Fría y  no en los de las preferencias democráticas del pueblo chileno. Por otro, los prejuicios anticomunistas arraigados en la mayor parte de la democracia cristiana cerraron la posibilidad de concertar con ella un proyecto común, con lo cual la derecha más conservadora obtuvo amplia libertad para orquestar una escalada desestabilizadora que en poco más de un año corroyó y desmintió la alegada institucionalidad constitucional del ejército chileno.

Se llevó a cabo la nacionalización del cobre, la reforma agraria y un conjunto de reivindicaciones sociales. No obstante, mientras las medidas populares incrementaron rápidamente el poder adquisitivo de la población, la economía fue estrangulada por el boicot empresarial, la agitación política reaccionaria y provocadora, la hostilidad norteamericana y la desinformación periodística, agudizándose la crispación social, así como la escasez, inflación y recesión. El consenso entre los dirigentes de la Unidad Popular sobre la ruta a seguirmoderar o radicalizar el proceso, apelar a los métodos tradicionales del poder revolucionario o innovar— se hizo cada vez más difícil y, finalmente, el gobierno popular fue violentamente remplazado por una larga tiranía militar.

La experiencia chilena —en un país dotado de una veterana cultura de concertación política— frustró las esperanzas latinoamericanas de contar con una vía pacífica de acceso al gobierno y de transición gradual a un socialismo democrático. Dejó en el desconcierto y orfandad programática a quienes la habían propuesto, y pareció acreditar el discurso de sus críticos más radicales —los sustentadores doctrinarios de la violencia revolucionaria y la dictadura del proletariado—, sin que éstos a su vez pudieran ofrecer otra opción más convincente y factible para ese país ni para la región sudamericana.

Cabe pensar que, en las circunstancias de la Guerra Fría y de la incertidumbre de las izquierdas chilenas entre la hipótesis de la vía democrática y las certezas del modelo cubano —frente a una derecha alarmada pero arrogante y fuertemente respaldada—, el gobierno de Allende hizo más de lo que en aquellas condiciones se podía hacer. Lo que a la postre mediatizó tanto los alcances del liderazgo y la cultura política del país que, 30 años después, el gobierno de Ricardo Lagos ha dejado sin completar la recuperación de la democracia y se conformó con hacer menos de lo que se puede y debe realizar.

Durante el resto de los años 70 y en los 80 el principal escenario de las izquierdas estuvo en Centroamérica, donde al cabo los sandinistas perdieron el poder por la vía electoral, el fmln salvadoreño negoció la paz y se convirtió en un importante partido político, y las guerrillas guatemaltecas se desmovilizaron a cambio de unos acuerdos que han quedado inquietantemente lejos de cumplirse.

En el Sur, primaron los esfuerzos por recuperar la democracia tradicional en Argentina, Brasil y Uruguay. En el primer caso esto derivó en la degeneración menemista del peronismo, así como en una persistente insuficiencia de los intentos por aglutinar una alianza estable de las izquierdas —ya de por sí diezmadas por la dictadura—. En los otros dos países, dichos esfuerzos se enriquecieron con la gradual estructuración de un nuevo tipo de grandes partidos o coaliciones de izquierda —el Partido de los Trabajadores y el Frente Amplio— que, en interacción con sus nuevas realidades nacionales, están construyendo alternativas políticas originales, capaces de aglutinar a un multicolor abanico de corrientes progresistas.

La vertiente cristiana

Desde el siglo XIX, las grandes causas sociales latinoamericanas contaron con la participación de activistas con militancia católica. Más particularmente, en los años que siguieron a la ola de simpatías despertada por la Revolución cubana, y a sus repercusiones en el trabajo de las ciencias sociales latinoamericanas, esto se expresó a través de los postulados humanistas y la práctica social de la Teología de la Liberación. Las nuevas aportaciones que las izquierdas independientes y el marxismo académico pusieron en circulación —en especial las de la teoría de la dependencia— calaron entre muchos religiosos y laicos preocupados por la dramática situación de los desposeídos latinoamericanos.

Como secuela del renovador Concilio Vaticano II, en 1968 se celebró en la ciudad colombiana de Medellín la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, cuyos pronunciamientos dieron mayor autoridad y vuelo a esa tendencia. Luego, la vertiente progresista de la Iglesia continuó promoviendo múltiples encuentros y una sustanciosa producción doctrinal, que tuvo su siguiente hito en la Conferencia de Puebla, México, en 1976, dándole continuidad a un proceso que seguiría desarrollándose pese a la resistencia de las autoridades y sectores eclesiásticos más conservadores.

Este movimiento se ha expandido por la mayor parte de América Latina en escasa interacción con los partidos de las izquierdas previamente establecidas. Como proyecto solidario cuya característica es de naturaleza más social y moral que política, esa Teología arraiga en las comunidades de población pobre y marginada combinando la labor evangelizadora con la de organización comunitaria orientada a que los pobres puedan hacerse cargo de mejorar sus condiciones de vida, por sí mismos y al margen de los partidos y autoridades tradicionales.

Desde la Declaración de Medellín, dicha Teología proclamó que el episcopado latinoamericano  no puede ser indiferente a las injusticias sociales, ni sordo al clamor de millones de personas que esperan de sus pastoresuna liberación que  no les llega de ninguna [otra] parte”. Como lo indica la misma Declaración, esa pobreza  no es casual, sino un efecto de las estructuras económicas, sociales y políticas características “del sistema que padecemos”. Allí los obispos advierten que la brecha que sigue creciendo entre ricos y pobres contradice el plan del Creador y constituye un pecado social. De donde ellos deducen un compromiso con los pobres conforme al cual amar a Dios exige reclamar justicia para los oprimidos y procurar la liberación de quienes más la necesitan. Esto conlleva una dimensión política de la misión apostólica que, al modo de la caridad de Jesús, es subversiva frente a ese orden social y ante la injusticia institucionalizada.

Esa definición facilitó un fecundo diálogo de los teóricos de la Teología de la Liberación y el marxismo académico, particularmente en los ámbitos del humanismo y de la teoría de la dependencia. Aún así, los planteamientos de esa izquierda cristiana, que constituyen una respuesta esencialmente ética, ofrecen acertados análisis y denuncias de la realidad existente, pero con frecuencia se quedan cortos en la construcción de una propuesta política y económica alternativa.

No obstante, reuniendo propósitos, sensibilidades y experiencias, esta limitación es superable. Porque ese proceso de renovación teológica con sentido social, y de organización comunitaria de las poblaciones afectadas, permite renovadas oportunidades de diálogo y cooperación entre las izquierdas laicas y la Iglesia abocada a redimir a los pobres aquí en la tierra. En  no pocos lugares, ello ha permitido pasar del aislamiento de una izquierda rígida, radicalizada o sectaria a una izquierda de fértil implantación en la vida comunitaria.

Sin embargo, estas son oportunidades que las izquierdas clásicas generalmente desaprovechan. Entre ambas partes aún perdura la huella de antiguas desconfianzas, que se remontan a la Iglesia cómplice de concepciones y gobiernos reaccionarios, así como al anticlericalismo liberal y el ateísmo de la III Internacional. Pero donde ha cristalizado un reencuentro con sentido social progresista, los resultados son más que promisorios, como lo demuestra la experiencia del PT brasileño.

En las redes de la globalización

Como parte que es del plantea donde vive, la evolución latinoamericana  no escapa a los efectos de las transformaciones que ocurren en los centros mundiales de poder y a escala global; en particular, cuando estas transformaciones afectan las condiciones, métodos y medios con los cuales esa evolución deberá continuarse.

En los últimos decenios del siglo XX, en algunas regiones del mundo se multiplicaron rápidos progresos de las técnicas productivas, los sistemas de transportes, las telecomunicaciones y el procesamiento de información, generándose nuevas modalidades de producción de bienes y servicios, con impacto en las actividades económicas y gerenciales, los ámbitos del trabajo y hasta en la vida cotidiana. Las interrelaciones de las empresas y países en gran parte del mundo adquirieron mayor sustancia, rapidez, versatilidad y complementariedad. Más que en cualquier época previa, lo que sucede en unas partes del planeta afecta enseguida a las demás. Esta característica se ha vuelto un componente ineludible de las circunstancias en que ahora toca actuar.

A ese enjambre de interconexiones y dependencias mutuas se le denomina globalización, un concepto que sin embargo también sirve para ocultar o sesgar ciertos aspectos del fenómeno, y que  no debe confundirse con el de neoliberalismo.

Ciertamente, en épocas anteriores otras innovaciones asimismo transformaron las condiciones de existencia en grandes porciones del planeta. Por ejemplo, los adelantos de las técnicas náuticas y de la construcción naval, que le permitieron a los marinos europeos darle la vuelta a África, arribar a Oriente y conquistar América, entrelazando acontecimientos, vidas, economías y culturas de varios continentes como partes de un sistema mundial. O la introducción de la máquina de vapor en la industria, la navegación y el ferrocarril, que en su momento transformó las relaciones comerciales y la geopolítica mundiales.

No obstante, esos barcos y rutas interoceánicas pertenecían a determinados grupos e intereses y estaban a su disposición, no al servicio de la humanidad. Por consiguiente, no fue igual participar del fenómeno como navegante portugués, colonizador español o comerciante holandés, que hacerlo como indígena avasallado o africano esclavizado. Como tampoco ahora equivale hacerlo como banquero neoyorquino, tecnólogo alemán o gerente japonés, que como pequeño productor peruano, obrero brasileño o desplazado colombiano.

Pero ya sea en el siglo XVI, en el XIX o en el XXI, cuando un fenómeno de ese género despliega e impone sus efectos, es ineludible adecuarse a las nuevas circunstancias. Aún así, los medios y oportunidades para intentarlo también son desiguales. A lo largo de la historia, cada globalización ha tenido lugar entre unos que tienen el sartén por el mango y otros que quedan sobre el brasero. Por eso, cada caso obliga a preguntarse quiénes son los globalizadores y quiénes los globalizados, y qué es preciso plantearse para cambiar efectivamente los términos de su correlación.

Con todo, nada podrá lograrse sin reconocer que la vieja situación y sus reglas han cambiado. Si bien los liberales y socialdemócratas de mediados del siglo XX lograron una fuerte implantación de las propuestas de la cepal en la cultura política latinoamericana, hoy muchas premisas del proyecto cepalista han dejado de estar vigentes. En ningún caso la respuesta a las nuevas circunstancias podrá ser la de rechazar que la globalización existe. Gústenos o no, ella está ahí, prepotente e invasora, al margen de lo que opinemos al respecto. Por lo que resulta trivial que algunas izquierdas se pronuncien negando la validez de sus condiciones, como si la indignación de nuestros desplantes la pudiera disipar. Antes bien, la cuestión es discernir cómo lidiar con ella en razón de nuestros propios objetivos.

En eso los globalizadores tomaron pronta ventaja, adelantándose en dos aspectos: el de estudiar el fenómeno y el de justificar las formas de manejarlo en su beneficio. De eso trata el neoliberalismo. Mientras la globalización es un fenómeno objetivo, el neoliberalismo es una ideología interesada en interpretarlo desde el punto de vista de los globalizadores. Por una parte, constituye un conjunto de postulados sobre cómo operar con mayor provecho ese fenómeno y, por otra, un elenco de justificaciones destinadas a persuadir a los globalizados de que ese manejo es el únicocientífico” y que por ello merece nuestra cooperación, o al menos nuestra resignación.

Como ideología, el neoliberalismo facilita potenciar la conducta de los globalizadores y doblegar la de los globalizados. Mientras da mayor intensidad a la explotación de los pueblos y justifica el manejo irrefrenadamente mercantilista, explotador e insolidario de la globalización, enriquece sin cortapisas morales a los primeros y empobrece sin piedad a los segundos. Mas, aunque la experiencia mundial ya evidenció los errores conceptuales y las atroces consecuencias sociales del credo neoliberal, del lado de los globalizados todavía falta sistematizar una contrapropuesta sustanciada y eficiente. No basta derrotar conceptual y políticamente al neoliberalismo y los neoliberales, es preciso construir una propuesta alterna que permita manejar las nueva circunstancias globales según el interés de nuestros pueblos y de modo eficaz.

El camino para lograrlo  no puede reducirse al simple aferramiento a los antiguos postulados de la cepal, que en su tiempo cumplieron un papel nacionalista, reformador, industrializante y modernizador, que sin embargo hace varios lustros se agotó. Como tampoco puede restringirse a denunciar al neoliberalismo y las inhumanas consecuencias de su aplicación —para hacerlo tenemos copioso material empírico—, sino que es preciso trascenderlo con una propuesta de nuevo género. Esto implica comprender la globalización como un conjunto de fuerzas y oportunidades contradictorias, y sistematizar los conocimientos y la estrategia que permitan intervenir en sus estructuras para modificarlas como mejor corresponda a los intereses y expectativas de los globalizados.

En otras palabras, dotarnos de una propuesta alterna para luchar con mejores probabilidades de éxito en la tarea de construir un futuro distinto, en lugar de un imposible regreso al pasado anterior a la globalización. Esto es, para luchar por otra forma de dominar al fenómeno, para que la globalización contribuya a la equidad entre las gentes, a justicia y la solidaridad sociales, en la lucha contra la apropiación de los progresos y las riquezas mundiales por una pequeña minoría, y la marginación y empobrecimiento de la inmensa mayoría de los países y pueblos.

Cada progreso incuba nuevas demandas

El período final del siglo XX fue marcado por el torbellino de la perestroika y el colapso de la Unión Soviética, que contrastaron con la exitosa reconversión de la política económica de la República Popular China y el correspondiente reemplazo de la política internacional que había caracterizado al maoísmo. En ambos casos —y por causas muy diferentes—, dos potencias que habían ejercido importante influencia externa sobre significativas porciones de la izquierda latinoamericana, de pronto dejaron de hacerse sentir.

Los grupos que dependían de una u otra de esas fuentes de orientación quedaron en el vacío. El cambio de la estrategia china y, sobre todo, la debacle soviética afectaron asimismo a las demás corrientes de la izquierda, que también resintieron la desaparición de aquellos referentes.

Sin duda, el sistema soviético había desconocido la tesis que Carlos Marx resumió en el célebre cuarto párrafo del Prólogo a su Contribución a la crítica de la economía política. Por efecto de la rigidez estalinista y de la frustración del deshielo propuesto por el XX y el XXII Congresos del pcus, las prioridades del control político‑burocrático prevalecieron sobre las de la revolución científica y tecnológica, lo que fue mermando la eficiencia, competitividad y sostenibilidad del sistema soviético. Al cabo, las relaciones de producción creadas en la urss dejaron de serformas de desarrollo de las fuerzas productivas”, y se tornaron en trabas a ese desarrollo, una contradicción que, dejándose de resolver, a la postre estremeció toda la “inmensa superestructura” erigida sobre ella.

Lo acontecido contrasta con la estrategia de desarrollo adoptada en China y Vietnam donde, a partir de las llamadas reformas, las iniciativas destinadas a garantizar el desarrollo competitivo de las fuerzas productivas pasaron a primar sobre la conservación del formato soviético y del formato maoísta de las relaciones de producción previamente instauradas por la Revolución.

A contrapelo de la dogmática preestablecida, lo acontecido en la Rusia soviética y su enorme periferia demostró, por si faltara, que ninguna revolución es irreversible, y que el régimen revolucionario incluso puede morir sin haber perdido el poder —también los árboles mueren de pie—, si se degradan las motivaciones humanas indispensables para realimentar la revolución y renovarle soluciones de continuidad.

De esa reversibilidad se desprenden varias observaciones. Entre ellas, que cada momento de la historia abre diferentes opciones u oportunidades y que, en las respectivas circunstancias y condiciones, son las personas y pueblos quienes disciernen tales alternativas y deciden cursar una u otra, según sus respectivas posibilidades y objetivos.

Además, que ninguno de esos caminos está históricamente determinado de antemano, y que sólo la perspicacia, iniciativa y voluntad de esas personas y pueblos le dan y renuevan el sentido a dichos cambios y revoluciones sociales, y a sus objetivos. Sólo esas personas y pueblos —y  no alguna supuesta ley rectora del devenir histórico— podrán aportarle y renovarle autosostenibilidad, mantenimiento y rectificación de rumbo a esos logros, e impedir que perezcan, pero sólo lo harán mientras aún crean que ellos son preferibles a sus eventuales alternativas.

Y, finalmente, que los propios cambios y revoluciones sociales, al realizarse, modifican a las personas y pueblos que les dieron origen, así como a las condiciones nacionales y las circunstancias externas en que los acontecimientos han tenido lugar. Si el programa se ha cumplido, la realidad que lo pedía y justificaba dejó de ser la que era, lo que a acto seguido dará pie al reclamo de subsiguientes renovaciones adicionales.

Puesto que la revolución  no es el fin de la historia, los cambios que ella produce, y los gobiernos que los implantan y administran, nunca llegan a disponer de un capital definitivo, conquistado de una vez y para siempre. En su lugar, cada día, en cada coyuntura, deben volver a la calle a ganarse de nueva cuenta la legitimidad, la autosubsistencia, la renovación y continuidad que por sus nuevos resultados merezcan, en consonancia con el desarrollo de las demandas y expectativas de los pueblos que los sustentan, y de las circunstancias en que eso tiene lugar.

El objetivo o los métodos

¿Acaso tras la debacle soviética desaparecieron las razones para plantearse objetivos de izquierda? En realidad, si comparamos los actuales indicadores latinoamericanos de pobreza y miseria, de desempleo e informalización, de explotación y abuso, de marginación y desamparo, de desnutrición e insalubridad, con aquellos que se padecían cuando concluyó la II Guerra Mundial, a los inicios de la Revolución cubana, en época de las guerrillas, durante el gobierno de Salvador Allende, en tiempos del reformismo militar o de los procesos de democratización, enseguida salta a la vista que la situación de los pueblos de este rico Continente ha seguido agravándose, sin misericordia.

Todas las estadísticas corroboran que ese estado de cosas ha venido de mal en peor o, más exactamente, que la condición humana de millones y millones de latinoamericanos continúa degradándose, y con mayor intensidad. Así pues, si bien es cierto que el remoto modelo soviético estuvo lejos de ser exitoso, la realidad inmediata y tangible de América Latina es la de que cuatro lustros de reinado del modelo capitalista neoliberal han fracasado rotundamente, provocando una inexcusable catástrofe social.

Sobre la estela de este pecado social, un fantasma recorre América: el de la ingobernabilidad. El hundimiento de sucesivos presidentes ecuatorianos, la prematura desaparición de gobiernos argentinos, los movimientos indígenas andinos y la arrasadora insubordinación popular boliviana, el peculiar régimen venezolano, dan fe de que el fracaso neoliberal acelera el agotamiento de los sistemas políticos en que había venido asentándose la democracia tradicional.

Pero, si bien los movimientos sociales que esta crisis económica y política está provocando muestran creciente capacidad para deslegitimar mandatarios y desintegrar sistemas de gobierno, asimismo pueden desembocar en incapacidades para remplazarlos por opciones democráticas y populares más eficaces y viables. Esos movimientos necesitan contar con organizaciones políticas que les resulten aceptables y aptas para proporcionarles orientación estratégica adecuada a las nuevas circunstancias, porque sin esto ellos pueden abrirle paso al caos y a la reacción, en vez de construirle una nueva etapa del desarrollo a nuestros países.

La situación impone poner en primer plano las responsabilidades sociales de la economía. La economía  no es un fin en sí misma, sino un instrumento para resolver los requerimientos del desarrollo humano sostenible. Ninguna corriente económica que deje de resolverlos puede considerarse exitosa o, lo que es lo mismo, la experiencia de 20 años de reformas neoliberales han demostrado un insostenible fracaso social, como también un inexcusable estancamiento económico.

Por consiguiente, es ahora cuando esos pueblos más necesitan partidos, proyectos y transformaciones revolucionarias capaces de demostrar que otro mundo es posible, en el marco de las nuevas realidades.

¿Pero qué transformaciones son éstas y cómo deberán emprenderse, a través de qué instrumentos y acciones? Quien haya recorrido estas páginas habrá visto que, por cerca de un siglo, las izquierdas latinoamericanas discutieron principalmente acerca de las formas o el método para realizar ese cambio revolucionario. No obstante, ante las demandas y circunstancias de la actual situación, lo que resulta indispensable discutir son sus objetivos.

Más de un siglo de trayectoria de las izquierdas latinoamericanas  no puede seguir resumiéndose en otros tantas historias y explicaciones sobre ensayos y errores, donde a nombre del modelo y el método se debaten, prueban y descartan diferentes derroteros sin que la utopía logre cumplirse. Sin embargo, para contestarnos qué hacer, y cómo hacerlo, es preciso discutir adónde es deseable y factible llegar —qué es lo que se quiere conseguir— en nuestros propios tiempos y condiciones.

Por decenios, el debate acerca de los métodos prevaleció sobre la cuestión de los objetivos simplemente porque se daba por sentada la existencia de uno u otro modelo, que resplandecía más allá del horizonte. Así como a inicios del siglo XX América Latina recibió ideas socialistas que tomaron tiempo en aclimatarse, igualmente recibió ejemplos de cómo otros pueblos habían logrado liberarse de la opresión y la pobreza. Tales ejemplos vendrían a configurar modelos o patrones que presuntamente bastaría reproducir. Y al asumirlos como los objetivos por alcanzar, la discusión se centraba en los métodos para reeditarlos a este lado del mundo. Si el qué hacer ya estaba aclarado, bastaba discernir el cómo hacerlo.

En sus respectivos tiempos, tres modelos prevalecieron. En el primer cuarto del siglo XX, el pueblo mexicano peleó una revolución tumultuosa y sangrienta, de resultados inciertos, mientras que el pueblo ruso culminó otra que, enunciando un proyecto más definido, estableció un modelo que en Europa gozó de alta consideración. Eso suscitaría un conjunto de interrogantes: ¿Cómo alcanzar algo similar en América Latina? ¿Con qué proletariado o cuáles masas populares e indígenas hacerlo? ¿Tomando de una vez por todas el cielo por asalto o cursando los azares de algún proceso intermedio? ¿Instalando una dictadura popular o a través de determinada evolución democrática?[17] Y, en consecuencia, ¿qué tipo de partido, de proyecto y conductas crear conforme a la opción escogida?

Más tarde, en Asia —veinte años después de que el partido comunista chino cambió de estrategia tras el aplastamiento de la insurrección obrera de Shangai—, su pueblo finalmente emergió victorioso de una larga guerra nacional‑liberadora y social‑revolucionaria, gracias a la tenacidad de un ejército campesino. Lo cual implicó que, a falta del debido proletariado industrial, el objetivo podía conquistarse levantando las fuerzas rurales. Para la izquierda radical más crítica del paradigma soviético, la experiencia china pareció ajustarse mejor a la realidad y las posibilidades de esta parte del mundo. Al extremo de que hubo quienes  no sólo proclamaron su preferencia por el modelo asiático, sino alegadas similitudes entre las condiciones chinas y latinoamericanas[18].

Finalmente, al iniciarse los años 60 resplandeció la victoria del pueblo cubano, cercana y cálida. En breve tiempo, problemas que por siglos habían agobiado a los latinoamericanos encontraron solución de formas  no sólo atrayentes, sino asequibles, y a costos notablemente menores que los pagados por los remotos pueblos de Rusia y China. Lo que así emplazó un tercer modelo, de autóctona originalidad, surgido de la entraña de un pueblo hermano. Una vez más, establecido el qué hacer tocaba ocuparse de resolver el cómo hacerlo.

Los modelos preestablecidos salen de escena

Antes recapitulamos la discusión acerca de si este último modelo —o mejor dicho, si cierta interpretación de la victoria fidelista era o  no generalizable a otras naciones. En los años 60, la Revolución despertó inmensas simpatías latinoamericanas, que dieron vida al ideal de alcanzar transformaciones similares en otros países, aunque  no necesariamente por la vía armada. Más tarde —tras la caída del Ché en Bolivia, la frustración de las revoluciones del 68 y el aplastamiento de la Primavera de Praga, las disyuntivas impuestas por la controversia chino‑soviética y el revés del proyecto de la zafra azucarera de 1970—, las dificultades económicas obstruyeron el sueño cubano de lograr por medios propios un rápido desarrollo.

Férrea y tozudamente bloqueada y amenazada por Estados Unidos, y forzada con­tra su voluntad a tomar posición en la controversia chino‑soviética[19], Cuba fue impelida a congelar su trayectoria de pluralidad revolucionaria tercermundista y vincularse en creciente grado al sistema económico encabezado por la urss, lo que conllevó asumir sus condiciones y criterios funcionales[20]. A la postre ello se extendió a las formas de encauzar el debate ideológico y las decisiones políticas y, al cabo, algunas de las diferencias que en los primeros años hicieron más atractivo al experimento fidelista fueron atemperándose al modelo soviético de los tiempos de Brézhnev. Y aunque se mantuvo el reconocimiento latinoamericano a los notables logros sociales y culturales de la Revolución, así como al derecho de Cuba a tomar sus propias determinaciones, declinó uno de los principales atractivos que antes habían alentado la esperanza de reproducirla en otras latitudes del Continente.

Pese a todos los sueños, esfuerzos y vidas consagrados al ideal de la lucha armada revolucionaria, y al apoyo dado a otras alternativas, lo cierto es que al cabo de los años la Revolución cubana quedó como el único acontecimiento de su género en América Latina. Si bien la guerrilla sandinista más tarde tomó el poder en Nicaragua, esto demostraría que en las condiciones socioeconómicas y culturales de ese otro país, y en sus circunstancias internacionales, la permanencia de los ex guerrilleros en el gobierno —la aptitud de su proyecto para reproducir su propia continuidad— resultó políticamente insostenible, pese al auxilio externo que se les proporcionó. Hoy por hoy, la propuesta sandinista sólo puede recuperar viabilidad a través de otros medios y proyecto, diferentes de su modelo y estilo originarios.[21]

Finalmente, el cierre de los años 80 registró dos cambios sustantivos: China reconsideró el modelo de desarrollo que antes preconizara, y emprendió una audaz pero compleja transición que debió superar las incertidumbres manifestadas en la crisis de Tiananmen. Por el lado opuesto, la urss reconoció que el modelo que ella antes entronizó se había convertido en uno factor de estancamiento de sus fuerzas productivas, así como de apatía e inconformidad sociales, y poco más tarde se desintegró durante un errático y decepcionante intento de reformarlo. En consecuencia Cuba, que había reformulado su modelo original para acoplarlo al soviético, debió enfrentar un “período especial” de reajuste que, en las condiciones de la política estadunidense de bloqueo económico, hostigamiento diplomático y amenaza militar fue doblemente difícil.

Así, al comenzar los años 90 aquellos tres modelos habían quedado como unos grandes referentes históricos —de aciertos y errores, de inspiraciones y desengaños— del patrimonio cultural de la izquierda, pero habían dejado de representar caminos a reproducir. Esto lleva a una conclusión que antes hemos anticipado: la de que durante la mayor parte del siglo XX las izquierdas latinoamericanas discutieron con ahínco los métodos para cumplir su misión histórica, pero lo que ellas generalmente se planteaban  no eran los objetivos por alcanzar, sino las formas de lucha presumiblemente necesarias para lograrlo.

Dándolos por sabidos, esos objetivos se vieron suplantados por la misión de reproducir en América Latina lo que antes se había llevado a cabo en Rusia, en China o, en el mejor de los casos, en Cuba. Pero, a inicios del siglo XXI y considerando cada uno de aquellos modelos, cabe preguntarse: ¿todavía alguno constituye lo que hoy cabe proponer? Y si éste  no es el caso, entonces ¿qué es lo que sí lo constituye?

Las relaciones más apropiadas a nuestros fines

Al asumir aquellos modelos las respectivas izquierdas adoptaban un paradigma, el de la revolución y la construcción socialistas entendidas como la derrota y remplazo del capitalismo, que se asumían conforme a determinado patrón conceptual: el del salto de un estadio histórico al siguiente, según el esquema que los simplificadores del marxismo habían hecho prevalecer. Un esquema que, asimismo, demandaba instaurar cierta modalidad de la dictadura del proletariado —o más exactamente, la concepción soviética de esa dictadura[22]—, a fin de derrotar a la burguesía y sus aliados.

La cuestión de la dictadura del proletariado —o de una “dictadura con respaldo popular como prefirió definirla el dominicano Juan Bosch— merece una consideración más detenida, que excede el propósito de estas páginas. Sin embargo, debe señalarse que la práctica soviética vició el concepto al remplazar la idea de ejercer un poder revolucionario temporal para realizar y defender las transformaciones básicas, por la de un régimen vertical, inmovilista y burocrático de carácter permanente, así como al remplazar el principio del pluralismo revolucionario por un monolitismo sofocador de la creatividad intelectual y laboral, y de la riqueza de la vida cívica.

Adicionalmente, esa concepción añadía, a nombre del internacionalismo, el requisito de enfrentarse al imperialismo, condición que a la postre se resumía en la exigencia de realinear al país en el marco de la estructura bipolar que las superpotencias le habían impuesto al mundo, esto es, en subordinarlo a la rectoría del otro campo de poder.

Acatar y cumplir en mayor o menor grado esas premisas, o dejar de hacerlo, daba la pauta para calificar al partido, proceso o régimen del que pudiera tratarse.[23]

Cada una de esas premisas tenía determinadas sustentaciones teóricas, de ningún modo injustificadas o gratuitas, que condensaban una importante experiencia histórica y determinada proyección política. Pero, más allá de la consistencia teórica y práctica de dichas sustentaciones, lo que aquí cabe observar es que hoy por hoy cada componente de esa argumentación perdió las fuentes de autoridad que lo avalaban y ha vuelto a ser materia por discutirse. Entre otras razones, porque en las nuevas circunstancias es indispensable diferenciar, por un lado, lo que en aquel cuerpo ideológico pudo implantarse de conformidad con el interés estratégico de una superpotencia —la que además ya desapareció—, o respondiendo a condiciones histórico‑coyunturales que han perdido vigencia. Y, sobre todo, lo que ahora se requiere replantear y desarrollar conforme a los efectivos intereses de nuestras propias naciones, en sus actuales circunstancias y perspectivas.

Por supuesto, el imperialismo sigue ahí, incluso exhibiendo una belicosidad que ignora al derecho internacional, desconoce a los organismos multilaterales que deben velar por su cumplimiento, y pone en peligro la estabilidad del planeta. Pero la estructura del sistema mundial, y su funcionamiento, han experimentado cambios de importante magnitud, y el teatro de los acontecimientos donde las izquierdas latinoamericanas deben defender a sus pueblos y ofrecerles nuevas rutas para darse otro futuro, ya  no es el de antes. Hay que tener en cuenta nuevos factores y operar con otros instrumentos. En consecuencia, los juicios preelaborados, las formas y procedimientos rituales —esos que ya en el pasado carecieron de suficiente eficacia— tampoco pueden permanecer idénticos. Por ejemplo: puesto que  no cabe proteger las expectativas de estos pueblos apelando a la protección y ayuda de potencias lejanas, toca organizar otras iniciativas y solidaridades, en primer lugar las que nuestras naciones deben darse entre sí.

En sus circunstancias y tiempo, aquellas premisas y sus respetivas sustentaciones hicieron parecer innecesaria la tarea de reconsiderar lo que siempre debió ser el primer tema de toda izquierda: esclarecer sus propios fines, puesto que los mejores modelos tomados de otros lares y épocas  no pueden remplazar los objetivos y motivaciones endógenas y actuales. Porque, aparte de las aportaciones útiles que esos modelos nos ofrezcan, ellos a la vez condensan y reeditan visiones, intereses y pautas que  no necesariamente se corresponden con las condiciones en que ahora debemos cumplir nuestros propósitos. Los que, en última instancia, son los de que nuestra gente viva mejor, sin que al recibir dichas aportaciones el proyecto se vea enmarañado en cuestiones que dificulten discernir nuestras presentes y futuras expectativas.

Esto supone otras formas de plantearse las relaciones con el imperialismo, y de concebir el internacionalismo. La cuestión de las relaciones con el imperialismo —en particular con un imperialismo que ha dejado de tener contrapesos— es demasiado compleja y seria para reducirla a la repetición de consignas que, por lo demás, no bastan para cambiar la situación. Cuando se gobierna en interés popular, o se manejan efectivas posibilidades de lograrlo, es preciso concebir y gestionar un régimen de relaciones y cohabitación con las potencias imperialistas que  no se reduzca a la lógica de la confrontación. Es preciso asumir una lógica de convivencia, que conlleva articular concertaciones entre los países con condiciones similares a las nuestras para lograr nuevos términos de correlación con las naciones hegemónicas, con quienes es ineludible coexistir en este planeta.

Si bien ya  no cabe adscribirse a una superpotencia rival, eso tampoco implica capitular ante la vencedora: en vez de claudicar, China y Vietnam reajustaron sus métodos; Cuba resiste mientras busca rehacer su proyecto; Brasil construye su propia alternativa concertando entendimientos con otros países del Sur. En uno u otro casos y circunstancias, la cuestión es buscar los mejores resultados posibles dentro del mundo que de veras existe, a la vez que integrar un esfuerzo colectivo para cambiarlo. Si el propósito esencial de nuestro proyecto es lograr que cada pueblo latinoamericano realice su derecho a vivir material y espiritualmente mejor, debemos sin más demoras encontrarle soluciones en este mundo, mientras vamos edificando el otro.

Ciertamente, la globalización neoliberal y su incapacidad de adecuada gestión social nos ha dejado un planeta donde civilización y barbarie  no se excluyen, sino que conviven. Como observa Marta Suplicy, estamos ante fuerzas del mercado que, al tiempo que generan nuevas tecnologías y riquezas, agravan las desigualdades y crispaciones sociales y económicas que esos progresos deberían remediar. A semejante calamidad debemos contraproponerle un proyecto confiable de globalización gobernada en interés de los pueblos, para lograr un mundo despolarizado, donde regulaciones sociales controlen el mercado y corrijan sus desafueros, “para que la competencia salvaje ceda lugar a la interdependencia y cooperación entre los países”.[24]

Eso exige reformar el sistema mundial, la estructura de la onu, las reglas de la omc, rechazar el unilateralismo como lo requiere la democratización de las relaciones internacionales, y avanzar hacia un sistema global donde prevalezcan los valores del comercio justo y equitativo. Tales objetivos demandan articular un conjunto de prioridades, como la de buscar y promover amigos y aliados dentro de las estructuras sociales, económicas y políticas de los países hegemónicos, y la de robustecer la concertación de los globalizados a lo ancho de infatigables resistencias, presiones y negociaciones frente a los globalizadores.

Sin embargo, para esto igualmente es imprescindible reconstruir nuestra autoestima y dignidad, pues ninguna potencia toma en serio a quienes se entregan sin luchar. La historia enseña que los imperios nunca reconocen deberes de gratitud para los genuflexos. Lo que  no significa ignorar los límites que llevan de la dignidad a la confrontación —los que la retórica de la ultraizquierda reclama ultrapasar—, puesto que eso implicaría negarle a nuestros pueblos precisamente lo que buscamos: darles solidariamente una vida de mejor calidad material y moral.

¿De qué objetivos hablamos?

Así pues, esclarecer nuestros propios objetivos es indispensable para valorar modelos y métodos. Es decir, para determinar si ellos ahora son eficaces para que los pueblos latinoamericanos consigan liberarse de sus desigualdades y penurias, desterrar injusticias y darse solidariamente una realidad más humana donde construir la felicidad que merecen, al más corto plazo y al menor costo posibles. Puesto que en su oportunidad ciertos modelos o métodos  no bastaron para alcanzar esta meta, la cuestión de los objetivos salta a primer plano, donde deberá seguir, para ayudarnos a diseñar otros más adecuados.

A despecho de esa ultraizquierda, nuestra misión  no es concitar heroicos martirios, como tampoco permanecer justificando una interminable posposición de utopías, sino impulsar sin demoras la transformación de este mundo en otro mejor. Seguramente, muchos de los 53 millones de brasileños que votaron por Lula saben qué ocurrió en Chile en 1973 y enaltecen los méritos de Salvador Allende. Pero  no votaron aspirando al honor de repetir su gloriosa inmolación, sino para obtener una vida decente. Aunque miles probablemente estarían dispuestos a sacrificarse por redimir a su pueblo, el objetivo de las izquierdas es el de construir otra realidad, no el de el de perecer por una utopía que permanezca incumplida.[25]

En América Latina, la cuestión de los objetivo de las izquierdas deberá abarcar por lo menos tres ejes: el nacional, en sus dos aspectos: tanto el relativo al requerimiento de completar la efectiva integración mutua de las poblaciones componentes de cada país —sin dejar comunidades ni regiones marginadas ni excluidas—, como el relativo a la exigencia de recuperar autodeterminación y soberanía nacionales para que, en las actuales circunstancias de globalización e integración internacional, cada nación pueda materializar sus respetivos derechos y oportunidades, y preservar su legítima personalidad cultural, y para que los gobiernos recuperen la facultad de decidir y actuar conforme a los legítimos intereses de sus respectivos pueblos.

El eje social, relativo a la exigencia de erradicar la opresión, la exclusión y el abuso, de satisfacer las exigencias populares de justicia, solidaridad, participación y equidad sociales, así como las de formación, trabajo productivo y salario decentes, servicios sociales básicos, e igualdad de oportunidades de desarrollo personal, para reducir y cerrar la brecha de las inequidades socioeconómicas, y de las marginaciones y discriminaciones sociales y regionales, corrigiendo tanto sus causas estructurales y materiales como sus expresiones psicológicas y culturales. Puesto que el ideal de igualdad, fraternidad y justicia es consustancial a las izquierdas, la prioridad de este eje es el irrenunciable empeño en reducir y cerrar la brecha de la injusta distribución de la riqueza producida. Lo que es inseparable del esfuerzo por incrementar la productividad para disponer de mayor riqueza a distribuirse.

Y el eje democrático, relativo a la necesidad de garantizar la representación y la participación de la pluralidad sociopolítica, ideológica y etnocultural del país —y la de cada ciudadano— en las deliberaciones y decisiones de interés colectivo, así como la de garantizar la fiscalización y control de las organizaciones populares y cívicas sobre la gestión pública, y la fiscalización estatal sobre toda forma de gestión que pueda afectar el interés de las colectividades sociales que integran la nación. Lo que, en consonancia con la misma tendencia a la igualdad, es inseparable del esfuerzo continuo por eliminar las exclusiones y perfeccionar los ámbitos y practicas de legítima representación, participación y pluralidad, que conllevan informar a las mayorías y realizar su voluntad, junto con respetar los derechos de las minorías.

A lo cual debe agregarse la urgencia de elaborar un nuevo sistema de propuestas de la izquierda en el campo de la economía y del desarrollo de las fuerzas productivas con efectos de equidad social, dirigidos, sobre todo, a manejar las condiciones y oportunidades de la revolución científico‑técnica y de la globalización en formas aptas para salvaguardar y mejorar las condiciones de vida de nuestros pueblos. Pero esas nuevas propuestas en el campo de la economía deberán trascender la usual repetición de prejuicios ideológicos, y la apología de pretéritos esquemas de encerrazón proteccionista, que si bien tuvieron pasados méritos, en su actual ineficacia práctica dan lugar a escasa capacidad innovadora y eficiencia productiva, privilegiando a una minoría protegida en detrimento de las mayorías consumidoras, con resultados demasiado conservadores.

Acerca de cada uno de esos ejes y propuestas, y sobre una amplia diversidad de otros temas, queda mucho más por abordar. Sin embargo, estas líneas  no pretenden un inventario exhaustivo ni remplazar debates mayores, sino señalar que la consideración de esos tres ejes y de sus interacciones es indispensable, sin excluir otros asuntos.

Crear es la palabra

Como hace años lo resumió la Conferencia Episcopal de Medellín, “América Latina se encuentra, en muchas partes, en una situación de injusticia que puede llamarse de violencia institucionalizada [...] Tal situación exige transformaciones globales, audaces, urgentes y profundamente renovadoras.”

Hacerlas —y lograrlo con éxito—, corresponde a las izquierdas. Por supuesto, no es fácil. Por principio, nada tiene por qué ser fácil para las izquierdas porque, en esencia, el papel de las derechas es reproducir el pasado, mientras que el de las izquierdas es producir el futuro. Los reaccionarios conocen lo requerido para reeditar privilegios e inequidades, y hasta para perfeccionar su reproducción, y para ello conservan el inventario de casi todas las respuestas. En cambio, el papel de las izquierdas es crear la utopía justa para cambiar las cosas, elaborar nuevas propuestas y debatir los consensos necesarios para juntar fuerzas y construir alternativas de mejor proyección social. Suyas son todas las preguntas, porque su campo  no es el de reincidir sino el de transformar, no es el retorno trillado sino el ancho campo de la aventura, rebosante de alternativas inexploradas, donde nadie sobra porque todos podemos aportar.

Por lo mismo, otra conclusión queda a la vista. La de que sólo los propios latinoamericanos —desde sus respectivas particularidades nacionales— pueden determinar cuáles han de ser los objetivos a buscar y los métodos para hacerlos realidad. Tras un siglo de lidiar con modelos ajenos que al cabo  no fueron los más idóneos según los resultados obtenidos, lo que el nuevo estado de cosas nos entrega debe asumirse como emancipación y oportunidad, pues ya a nadie más le toca tutelarnos y somos los responsables por todos los actos realizadores de nuestro futuro.

La utopía, agrega Marta Suplicy evocando a Eduardo Galeano, siempre está sobre nuestro horizonte: cuando avanzas dos pasos, ella se aleja otros dos. Caminas diez más y ella estará otros tantos más adelante. ¿Para qué sirve la utopía? Sirve para eso, para hacernos caminar, y lo que ahora toca es compartir una buena caminada.

Por lo mismo, es hora de debatir, y  no para disgregar sino para sumar fuerzas y emprender juntos el camino necesario. Tal como Martí lo advirtió en Nuestra América, “es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”.

Puesto que  no hay determinación previa de la historia, ni potencias providenciales que la hagan por nosotros, ni mucho menos a nuestra medida, es a nosotros a quienes corresponde definir, concertar y construir. Ante la gravedad y urgencia de las necesidades latinoamericanas, sólo nuestra imaginación, solidaridad y empeño podrán proponer las soluciones que estos pueblos y realidades exigen.

A un siglo de distancia, al hablarnos de ese mismo imperativo, ya Martí nos dijo que, por eso, a esta hora “los jóvenes de América se ponen la camisa a codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura del sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación”.

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Notas

[1]. El romántico argentino Esteban Echeverría escribió su Dogma socialista en 1846. En Colombia se fundó un Club Socialista en 1849. El publicista chileno Francisco Bilbao fundó en 1850 una Sociedad de la Igualdad. Durante la primera guerra cubana de independencia (1868‑78) surgieron algunos grupos anarquistas, y una organización sindical de los trabajadores tabacaleros. En esos años, en México aparecieron círculos obreros, una liga anarquista y el periódico El socialista, y en 1884 el mexicano Juan Mata Rivera tradujo el Manifiesto comunista. En 1887, en Chile se fundó un partido socialista, que en 1890 organizó la primera huelga de los trabajadores salitreros. En 1895 se constituyó el Partido Socialista argentino, que se afilió a la II Internacional; su mentor, Juan Bautista Justo, tradujo El capital, congregó a importantes intelectuales de la época e incursionó en la explicación marxista del papel de la ciencia y la técnica en el desarrollo social.

[2] Así lo demuestran las movilizaciones indígenas y campesinas en Ecuador y Bolivia, por ejemplo. No es este el caso, sin embargo, de la izquierda indigenista del estado mexicano de Chiapas, que tiene otras motivaciones y menor trascendencia efectiva.

[3]. Mariátegui era uno de sus miembros iniciales, pero fue progresivamente crítico de sus postulados y se separó para fundar el Partido Comunista peruano, un denodado contrincante del aprismo.

[4] Durante varios lustros, supuestas conspiraciones de la derecha sirvieron para paralizar a las izquierdas ante la continua descomposición moral y derechización de los gobiernos “revolucionarios” postcardenistas.

[5]. Durante los siguientes decenios esa inmigración tuvo hondo impacto en el desarrollo de la vida académica y la industrialización del país.

[6]. Vale anotar que, además, en 1948 se creó la Comisión Económica para América Latina (cepal), de la onu, que aportaría la plataforma conceptual y técnica, de espíritu tercermundista, que Raúl Prebisch y otros inspiraron para los países latinoamericanos, la cual más tarde orientaría la política socioeconómica de los regímenes nacional‑revolucionarios de los años 60 y 70.

[7]. De la misma forma en que el Partido Comunista argentino descalificó al peronismo, lo que le impidió un adecuado comportamiento frente a ese fenómeno. El trotskismo argentino evaluó más apropiadamente el fenómeno peronista.

[8]. Lo cierto es que la militancia latinoamericana estuvo lejos de sospechar que tales horrores estalinistas existían, y que tras el XX Congreso del pcus la mayor parte de confió en que enseguida serían definitivamente subsanados.

[9]. Sin pretender una lista exhaustiva, puede mencionarse a Héctor Agosti, Clodomiro Almeida, José Aricó, Rodney Arismendy, Sergio Bagú, Longino Becerra, Agustín Cueva, Orlando Fals Borda, Pablo González Casanova, Andrés Gunder Frank, Néstor Kohan, Rodolfo Mondolfo, Diego Montaña Cuellar, Aníbal Quijano, José Revueltas, Darcy Ribeiro, Emir Sader, Adolfo Sánchez Vázquez, Enrique Semo, Ludovico Silva, Ricaurte Soler, Nelson Werneck Sodré y René Zavaleta Mercado, entre varios más.

[10]. Mambises eran los insurgentes cubanos y sus ejércitos, alzados en las dos guerras contra el yugo colonial español, en 1868‑78 y 1895‑98, la segunda de ellas convocada por Martí, quien allí murió en combate.

[11]. Ver varios testimonios sobre estos temas en la revista Santiago, Universidad de Oriente, Santiago de Cuba, número 11 de junio de 1973 y número 18‑19 de junio y septiembre de 1975.

[12]. En 29 artículos sobre la Revolución cubana, Publicaciones del Comité Municipal de la Habana del Partido Socialista Popular, 1960, p. 20.

[13]. El ex general de la República española que entrenó en México a los combatientes del Granma.

[14]. No tengo la menor duda de los extraordinarios méritos morales y políticos, del enorme talento, la incomparable honestidad de principios, la ejemplar modestia y la ilimitada valentía del Ché Guevara. Sin embargo, cabe recordar que el Ché llegó directamente a la Sierra y no conoció la mayor parte de la vida cubana sino después de la guerra.

[15]. Consideración aparte merece la insurrección dominicana de 1965, uno de los acontecimientos más dramáticos de su época. Bajo el liderazgo del coronel Francisco Caamaño, parte del ejército y la mayoría de la población se rebelaron contra el régimen golpista que había depuesto al gobierno constitucional de Juan Bosch —el primer gobierno verdaderamente democrático en la historia de la República Dominicana—. Pese a la naturaleza esencialmente constitucionalista de la victoria popular, ésta fue seguida de una cruenta invasión militar estadunidense que impidió reinstalar a Bosch y expatrió a Caamaño. Esto inició la sórdida sucesión de reelecciones de Juan Balaguer —ex ministro del tirano Rafael L. Trujillo—, bajo cuyo largo mandato muchos dirigentes populares fueron eliminados, decepcionados o corrompidos. Bajo el pretexto de “proteger” a los residentes norteamericanos, la invasión impidió que un movimiento social sospechoso de simpatizar con la revolución cubana accediera al gobierno. Así, en el contexto de la Guerra Fría, Washington hizo constar que  no permitiría esa alternativa en otro país del área, aún al cos­to de actuar contra un gobierno legítimo y mayoritario. Con ello, el país dejó de modernizarse y se confirmó como una isla neocolonial y subdesarrollada.

[16]. En Panamá, esa política ayudó a crear condiciones más propicias para renegociar la desaparición de la Zona del Canal y de las bases militares extranjeras, y alcanzar la propiedad y control de la vía interoceánica.

[17]. Lo que recuerda el viejo y bizantino dilema entre organizar la revolución o hacer reformas, en la que el marxismo esquemático olvidaba que toda revolución involucra un conjunto de reformas, que más vale conquistar reformas —que para la gente son progresos— que esperar por revoluciones que  no cuajan, así como la verdad empírica de que la vida de los revolucionarios suele invertirse en luchar por reformas más que en organizar revoluciones.

[18]. Quedando por aclarar si llegaban a esa conclusión por desconocimiento de las realidades y de la evolución de Rusia, China o América Latina o, como es más probable, por ignorar parejamente a las tres.

[19]. En nombre del  no alineamiento, de la unidad del movimiento revolucionario mundial, y en su propio interés, Cuba evitaba adherirse a una de las partes. Sin embargo, la perentoria exigencia maoísta de que cada país y partido definieran una posición —la que además habría de ser hostil a la otra parte— contribuyó a que Cuba optara por la opción más realista.

[20]. Eso implicó la incorporación de Cuba al Consejo de Ayuda Mutua Económica (came) —el bloque económico encabezado por la urss—, que involucraba la asignación de los roles que a cada Estado miembro debía asumir en la producción y el intercambio de productos entre los integrantes del grupo, así como la uniformación de sus respectivas estructuras y métodos de administración y control.

[21]. Por otra parte, las únicas otras guerrillas que han perdurado en América Latina son las colombianas, cuyos orígenes y comportamientos son ajenos al modelo cubano y sólo pueden explicarse en el contexto histórico y sociocultural de su propio país.

[22]. Definición que entre otras cosas suponía, a plazo perentorio, eliminar los instrumentos del mercado como medio idóneo para impulsar el desarrollo económico que se requeriría para satisfacer las demandas sociales correspondientes a las nuevas relaciones socialistas.

[23]. En la práctica, para algunos incluso cabía pasar por alto otras características  no menos sustanciales, así que eventualmente Albania, China, Vietnam, Etiopía, Yugoslavia, Cuba, la República Democrática Alemana, Rumania o la República Popular Democrática de Corea podían caber o dejar de caber en el mismo saco clasificatorio.

[24]. Discurso en la apertura del XXII Congreso de la Internacional Socialista, en São Paulo, el 27 de octubre de 2003.

[25]. Así como el primer objetivo de un gobierno progresista que asume el mandato es cumplir sus promesas, no el de generar situaciones que lo impidan, o el de justificar su incumplimiento.